Respuestas viejas a los problemas nuevos

Este mes de diciembre se cumplen diez años de la muerte de Lorenzo Gomis. Fue fundador y director de El Ciervo, además de poeta, profesor y periodista en otros medios. Fue el puntal que guió a la revista desde 1951 hasta su muerte en 2005, a los 81 años. En el número de noviembre-diciembre podéis leer una entrevista a él diez años después, recogiendo fragmentos de sus textos publicados en El Ciervo. Se tocan temas de la actualidad internacional, como en este artículo, pero también los nacionales y la cuestión catalana.

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Lorenzo Gomis ilustrado por Fernando Krahn

Su legado es enorme. En sus editoriales firmados en esta revista (100 de ellas recopilados en el libro Medio siglo contado con sabio humor) hemos encontrado respuestas a los problemas que afronta el mundo después de los atentados de París y a la crisis de los refugiados.

Atentado de París

Tras el atentado del 11 de septiembre de 2001 Lorenzo Gomis escribió:

Lo que ha pasado ahora con el atentado simbólico a las torres gemelas del centro del comercio mundial en Nueva York no es tan nuevo como parece. Hace un siglo, y menos aún, la situación que hoy se da a escala mundial venía a ser poco más o menos la de cualquier país europeo. Sólo que las fronteras nacionales convertían en conflicto social interno lo que la mayoría de países ha sabido superar: la división brutal en ricos y pobres, poseedores y desposeídos, propietarios y proletarios, instruidos y analfabetos.

[…]

Las naciones desarrolladas han resuelto el problema de su fragmentación brutal. Pocos votos de diferencia van dando el poder alternativamente a partidos que se esfuerzan por aparecer moderados y buscar votos en el centro del espectro social. Los extremismos pesan poco políticamente.

Hoy el problema se ha trasladado al mundo. Y la solución es la misma. ¿Sabremos verlo? ¿Sabremos conseguirlo? Esta es la cuestión.

También decía que:

Con razón se dice que hasta que no haya paz en el cercano Oriente, y concretamente en Jerusalén, no habrá paz en el mundo y los vuelos de los pilotos suicidas pueden alcanzar toda clase de objetivos.

Concluía:

Los pequeños incendios se extienden en un mundo muy comunicado y los pilotos suicidas no se conforman con estrellar sus coches en las murallas de Jerusalén. El mundo entero tiene que revisar su política, su economía, ideología, su cultura. No se puede vivir en paz haciendo la guerra. No se puede vivir en paz aislado. No tenemos más salida que hacer un mundo habitable para todos. La receta que resolvió los problemas de convivencia a escala nacional tiene que aplicarse a escala mundial.

Guerra declarada al Estado Islámico y al yihadismo por parte de Francia 

En marzo de 2003, cuando Bush buscaba apoyos para iniciar la invasión de Iraq (que empezó el 20 de marzo), Lorenzo citó al entonces cardenal Ratzinger al argumentar su postura en contra de la guerra. El papa emérito todavía no era el obispo de Roma. De aquella guerra surgió, en parte, la situación que atravesamos ahora. El Estado Islámico es lo que es gracias a la invasión de Iraq.

El entonces director de El Ciervo fue un firme defensor de la paz y a la postre se demostró que no había armas de destrucción masiva. Ya en aquel momento dudó de las imágenes mostradas por el secretario de Estado americano, Colin Powell, y se preguntó cuáles serían las consecuencias para la población local. La respuesta es sencilla, no hay más que ver lo que pasa hoy.

“La guerra preventiva no está en el catecismo”, ha dicho el cardenal Ratzinger. El cardenal, y la Congregación para la doctrina de la Fe a cuyo frente está, pasan más bien por defensores de la ortodoxia más estricta y conservadora. (…) Y en el catecismo no está la guerra preventiva. Está solo la guerra justa, la que se hace en legítima defensa. Y ésta requiere, según el catecismo, que el daño causado por el agresor sea duradero, grave y cierto. Que los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado practicables o ineficaces. Que haya serias condiciones de éxito. Y que el empleo de las armas no entrañe males más graves que el que se pretende evitar.

La guerra preventiva no está en el catecismo. La guerra preventiva equivale a decir: antes que tú me ataques te ataco yo. Quien da primero da dos veces. Y con los recursos actuales, que han superado ampliamente la guerra relámpago que encandiló a Hitler, las ventajas del que se adelanta a hacer la guerra son tentadoras. Pero es la guerra, con todos sus males. Y la afirmación de Ratzinger, después de las más severas del mismo papa, muestra hasta qué punto la doctrina de Bush, que ha defendido al guerra preventiva, resulta moralmente anticuada, peligrosamente reaccionaria y jurídicamente desestabilizadora del derecho internacional. Da por válido que no estamos en una sociedad de naciones, sino en un imperio.

[…]

Pero, en cualquier caso, una guerra preventiva que justificaría la guerra de Saddam en legítima defensa es moralmente una apuesta equivocada. Mejor una paz preventiva, con unos inspectores atareados y un Saddam malhumorado pero quieto. Saddam es un viejo conocido de las grandes potencias, que otras veces se han servido de él y le han armado. A los dictadores no se les combate poniendo en sus manos a los pueblos indefensos, con bloqueos y guerras. Al contrario, cuanto mejor estén los iraquíes, más débil será Saddam.

Por eso la guerra preventiva es una precipitación peligrosa para los iraquíes, para la comunidad internacional (con la ONU como símbolo), para Europa y para el mismo pueblo americano, que se quedaría más solo en el mundo y más odiado por el islam.

Como si de una profecía se tratara, más tarde hubo atentados yihadistas en Madrid y Londres. España y Reino Unido, bajo el mando de Aznar y Blair, se apuntaron a la guerra junto a Bush, con quien formaban el trío de las Azores.

La Organización de Naciones Unidas

La ONU ha cumplido 70 años este 2015. Muchos se preguntan si es una institución útil al no haber evitado guerras y conflictos. En marzo de 2003 rezaba el editorial de El Ciervo:

Hace medio siglo se fundó la ONU, Organización de las Naciones Unidas, que trató de mejorar la experiencia de la Sociedad de Naciones fundada después de la Primera Guerra Mundial. El objeto era “librar a las generaciones venideras del azote de la guerra”. Las generaciones venideras son las de ahora. Ahora, el obstáculo a la aplicación de la doctrina de la guerra preventiva es la ONU, y concretamente el Consejo de Seguridad. Tienen el veto Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Rusia y China. (…) Es curioso que la paz tenga en el Consejo de Seguridad valedores tan diversos hace pocos años como Francia, Alemania, Rusia y China. ¡Quién iba a decirlo! Pero eso demuestra que la institución, la ONU, es el buen camino.

Después de la invasión de Iraq, en mayo de 2003, Lorenzo Gomis insistía en que la ONU era necesaria:

Ahora hay quien dice que la ONU ha fracasado, porque no logró impedir la guerra ni se avino a respaldarla con autoridad. Yo creo, por el contrario, que no fracasó, porque consiguió que quedara claro que no había mayoría en el mundo para autorizar la intervención armada en Iraq. Los que podían decidieron hacer la guerra y la han ganado, efectivamente, porque la guerra se hace con armas y no con votos, y aunque tuvieran menos votos tenían más armas. Los que no optaron por la guerra se verán castigados a no meter las narices en la democratización de Iraq. Así son las cosas. Por eso creo que si no se apuesta por la ONU, con todo su rudimentario funcionamiento como organismo creado para impedir el azote de la guerra a las generaciones venideras, éstas tendrán que acabar pidiendo el voto en las elecciones americanas. 

Bush fue presidente de Estados Unidos con menos votos que su contrincante, el demócrata Al Gore. El republicano se impuso en el voto electoral, pero no el popular. Justo hace poco se han cumplido quince años de aquellos comicios, que podrían haber cambiado el devenir del mundo entero.

Inmigración y refugiados

Lorenzo decía en marzo de 2001 sobre la inmigración (en el caso de los refugiados hay que cambiar la motivación económica por la de huir de la guerra):

El mundo rico no ha conseguido llevar la prosperidad al mundo pobre. Y la gente joven en el sur hambriento se impacienta y arriesga su vida por meterse en el aparatoso escaparate del bienestar y hacerse con las migajas del inacabable festín publicitario de una boda a la que no han sido invitados. ¿Cómo es esto? ¿Es que no han sido proclamados para todos solemnemente los derechos humanos? ¿Es que no se habla de globalización? ¿Cómo es entonces que no deja de abrirse el foso que separa a unos ricos cada vez más ricos de unos pobres cada vez más pobres?

También se preguntaba:

¿Es bueno dejar el asunto en manos de los encogidos Estados nacionales?  No debiera la poderosa Unión Europea plantearse la cuestión a su escala, la continental, y echar mano de sus movilizadoras directivas y normas? ¿No sería bueno también que los municipios tuvieran más voz en algo que les toca tan de cerca?

Remataba el artículo diciendo:

Y la verdad es que nos ha tocado vivir este capítulo nuevo, el nuestro, en la milenaria historia de las migraciones, es decir, de la humanidad.

Unos meses después, en el editorial de octubre de ese mismo año después del atentado de Al Qaeda en Nueva York dijo lo siguiente:

(…) es claro que el poder está muy desigualmente repartido -incluso en la Organización de Naciones Unidas-, que la riqueza se acumula más que reparte, que hay un abismo entre los que tiene una expectativa de vida larga y los que la tienen corta, los que tienen un nivel de vida alto y los que lo tienen bajo. El desarrollo de los países pobres y la migración a los países ricos podría paliar el conflicto, pero lo uno y lo otro tropieza con muchos obstáculos.

Este artículo se ha hecho con los siguientes editoriales:

  • Y los inmigrantes ya están aquí (marzo 2001)
  • Un mundo habitable (octubre 2001)
  • Guerra preventiva, no (marzo 2003)
  • Yo quiero poder votar a Bush (mayo 2003)

El próximo 1 de diciembre se presenta en Barcelona el libro La primavera no es noticia. Recopila los artículos de Lorenzo Gomis sobre periodismo publicados en La Vanguardia.

InvitacioLlibreGomis

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