Reconozco la dispersión como un riesgo cotidiano. Cuando empiezo una cosa y durante el proceso pienso en iniciar muchas otras antes de acabar con lo que me he propuesto hacer. Como por ejemplo este artículo. Esto provoca movimiento, no siempre gracioso.

Cuando encuentro la manera de hacer las cosas con más calma, descubro que tardo unos minutos más, pero no muchos más, en tiempo no es tanta la diferencia. Sí que existen cambios en el nivel de calma, de concentración o claridad.

Hace poco fui a una conferencia de Sor Lucía Caram. Ella utilizaba una metáfora que ahora descontextualizo para transmitir mejor la idea. Imaginad una jarra de agua con tierra, si la movéis de un lado para el otro, el agua se agita, se enturbia. Si no dejamos un poco de espacio entre actividad y actividad, el fondo se difumina. El agua necesita estar reposando un tiempo, quieta, parada, y así volver a ser transparente.

Es en este punto donde quisiera recuperar una fragmento del libro Biografía del silencio, de Pablo d’Ors: “Comprobé que quedarse en silencio con uno mismo es mucho más difícil de lo que, antes de intentarlo, había sospechado. No tardé en extraer de aquí una nueva conclusión: para mí resultaba casi insoportable estar conmigo mismo, motivo por el que escapaba permanentemente de mí. Este dictamen me llevó a la certeza de que, por amplios y rigurosos que hubieran sido los análisis que yo había hecho de mi conciencia durante mi década de formación universitaria, esa conciencia mía seguía siendo, después de todo, un territorio poco frecuentado. La sensación era la de quien revuelve en el lodo. Tenía que pasar algún tiempo hasta que el barro se fuera posando y el agua empezase a estar más clara. Pero soy voluntarioso, como ya he dicho y, con el paso de los meses, supe que cuando el agua se aclara, empieza a poblarse de plantas y peces. Supe también, con más tiempo y determinación aún, que esa flora y fauna interiores se enriquecen cuanto más se observan. Y ahora, cuando escribo este testimonio, estoy maravillado de cómo podía haber tanto fango donde ahora descubro una vida tan variada y exuberante”.

Entonces, a la jarra de Sor Lucía Caram, se le añaden a largo plazo plantas y peces, que leo como una riqueza interior. Comentando con otras personas esta metáfora, he sabido que también Xavier Melloni se ha servido de ella en alguna ocasión, por ejemplo en su conferencia sobre ‘El espacio del silencio’ en la iglesia de Santa Anna cuando se celebraba la iniciativa de 15 minuts al cor. “Habló sobre el silencio, y expuso la idea de que nosotros éramos como una jarra que venía ajetreada del trabajo y de andar corriendo siempre y que para poder silenciarnos debíamos estar parados un rato para que el agua que llevábamos dentro se calmase, se posasen todas las impurezas y poco a poco fuera cristalina y empezáramos a ver la luz”, me comenta una de las asistentes.

El silencio nos ayuda a que la atención sea más plena, y a evitar la dispersión. Un último ejemplo, esta vez es un cuento que me explicó un profesor y que ocurre en un monasterio budista. Un alumno vuelve al templo después de haber hecho un largo peregrinaje en el que ha aprendido a contemplar. O eso dice él. El maestro recibe al alumno y le pregunta: cuando has entrado, dónde has dejado tu bastón, ¿a la derecha o a la izquierda de la puerta? El alumno se queda parado y responde que no lo sabe, que no se acuerda. El maestro le dice que ya puede continuar practicando la contemplación.

Os invito a que elijáis cualquier acción y la realicéis un tiempo sólo concentrándoos en eso. Claro que la cabeza pensará, no deja de hacerlo nunca, pero cuando pase, invitarla de nuevo a concentrarse en aquella comida, aquella conversación, aquel gesto. Y a ver qué pasa.

Lucía Montobbio, periodista

Foto de Alejandro Escamilla.

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