Estamos acercándonos a las fiestas de Navidad, aunque con la saludable pasión política que lleva a casi la mitad de la audiencia a ver un debate, tal vez no seamos tan conscientes como otras veces. Este año, un poco por la crisis, y mucho por los nuevos aires políticos, algunas cosas se han transformado de un modo algo distinto. Leo, por ejemplo, que en la Puerta de Alcalá la iluminación no es ya la de un belén, sino de figuras geométricas. En la capital no hay nacimientos en la calle, y la versión de la sede del Ayuntamiento se ha reducido sustancialmente. Un detalle afortunado: en la cabalgata, a iniciativa del PSOE, el rey Baltasar será negro y no tintado.

En Barcelona hace más de medio siglo que tenemos  a un rey negro, negro. Se llama Severino Baita. Y es el más “profesional” de los tres. Él seguirá en una cabalgata mágica, sin apenas marcas comerciales. Aquí el Ayuntamiento  habla en su página de “celebrar el solsticio de invierno”, pero ha mantenido el pessebre -como llamamos los catalanes al belén-, en la plaza de Sant Jaume. También se ha mantenido la iluminación y, como en Madrid y en otras ciudades, se han organizado un sinfín de actividades buscando huir del consumismo y acercarse a una mayor solidaridad y responsabilidad.

El pessebre en la plaza Sant Jaume. Foto: Carquinyol
El pessebre en la plaza Sant Jaume. Foto: Carquinyol

Los motivos religiosos han desaparecido en A Coruña. Y se ha reducido a la mitad el gasto en iluminación. En Santiago de Compostela,  se ha eliminado el belén de la plaza del Obradoiro por un llamado “bosque mágico”.

Podríamos seguir recorriendo la geografía y dando detalles de los nuevos aires. Pero nos preguntamos si, en privado,  la gente va a celebrar la Navidad de otro modo. ¿No volverán a casa los que puedan? ¿No se reunirán con la familia? ¿No procurarán dar lo mejor de sí, en disponibilidad y en objetos? Guste o no, el nuestro es un país de tradición cristiana. Aquí no hay un Thanksgiving Day  ni sabemos reunirnos sin polémicas en fiestas como la Constitución.

La Navidad es la fecha más importante del año, se viva con espíritu de fe o sin él. Lo mejor es llenarla de matices, enriquecerla, ensancharla; no tratar de volver a un solsticio que no explica la búsqueda de unión ni los buenos propósitos.

Un recuerdo personal. De pequeños mis hijos iban a una escuela pública y, por ello, diversa. Primero se instalaba un belén, con figuritas de pastores y rebaños hechas por los niños. De repente pareció que el pessebre no era lo adecuado para la diversidad de religiones y etnias de los alumnos. Y desapareció, pero no se supo crear nada especial para sustituirlo. Años más tarde, a alguien se le ocurrió organizar un concierto de nadales, villancicos. Los niños eran los protagonistas, pero se repartieron entre los padres las letras de algunas para cantar todos juntos. Recuerdo las caras de felicidad de madres de todos los orígenes. La sensación de proximidad y de hermandad fue enorme, aunque cantáramos a un niño “rubio y blanquito”, como dice una de las canciones.

Soledad Gomis, periodista

Foto: Ajuntament de Barcelona

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