El pasado 1 de diciembre se conmemoró el día de la lucha contra el sida. En la década de los ochenta reconocíamos tristemente que España se hallaba a la cabeza de los casos de sida del sur de Europa. La anterior epidemia, la de heroína por vía intravenosa, pasaba factura. La droga no era el culpable, sino la aguja y la jeringa que se compartían. Y por la misma vía discurría la hepatitis B y C.

No se habían tomado medidas de prevención del contagio y mirábamos con envidia a países sajones, con una tasa de infección menor. La sociedad se movilizó y aparecieron numerosas organizaciones que distribuyeron, y aún lo hacen, material de inyección y preservativos. Junto a la vigilancia de las transfusiones y de la transmisión materno-infantil, el resultado ha sido que la vía sexual es, en la actualidad en España, la principal forma de contagio del virus de la inmunodeficiencia humana.

Pero se ha perdido el miedo al VIH  y a las relaciones sexuales sin preservativo. Siguen apareciendo nuevos casos, sobre todo en hombres que tienen relaciones sexuales con otros hombres.

En consecuencia, médicos y activistas plantean de forma pragmática identificar a las personas que se resisten  al uso de preservativo. Ante la imposibilidad de convencerlas de que tomen medidas preventivas, la propuesta es la medicación a diario con una pastilla diseñada para el tratamiento, utilizada en este caso para la prevención. De este modo, si tienen relaciones sexuales sin preservativo con una pareja portadora de VIH hay menos posibilidades de infectarse. Aunque esto supone un tratamiento continuo para no enfermarse y el uso de medicamentos caros no exentos de efectos indeseables.

Si no quieren adoptar medidas preventivas, que tomen medicamentos. Lo cual no impide constatar el fracaso de los mensajes de prevención. ¿Habrá que introducir nuevos profesionales y nuevos propagandistas, más eficaces en la comunicación?

Y aparece además el debate ético y colectivo. El individuo puede tener derecho a no protegerse, pero, ¿está legitimado para, siendo contagioso, transmitir la infección, sin tomar medida preventiva alguna?

Llevar  el debate a los reflexivos lectores de El Ciervo traduce que la cuestión es ya de opinión pública y del global de la sociedad. De momento no demonicemos el preservativo, en la ironía de que criterios conservadores y plusquamliberales se entrelazan en la cruzada contra el condón.

Debatan, discutan, escriban, argumenten en foros y tertulias. Pero hablen con sus hijos, hijas, nietos, nietas y asegúrense de que no salgan de casa sin el preservativo. Y de que sepan usarlo adecuadamente.

Jordi Delás, médico

Foto de Jacinta Lluch Valero.

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