El que escribe lo hace desde Williamsburg, mirando a lo lejos los rascacielos de la parte baja de Manhattan y el cielo cubierto de un gris que amenaza lluvia –aunque finalmente será nieve. Y mucha.

Lo hace desde un barrio joven, como también lo es la ciudad. La mayoría son treintañeros o cuarentones que van y vienen de trabajar, sin apenas encontrarse con turistas en las heladas calles de la gran manzana y sin que nadie se pare a apreciar su vistosa vestimenta: en la urbe en la que el negro lo es todo, ya sea en coches, abrigos, zapatos o complementos, tan solo es necesario adentrarse en un local cualquiera para quitarse la ropa y, como si de una cebolla se tratara, dejar al descubierto capa a capa su lado más colorido.

En esta megalópolis a menos 16ºC todo sorprende. Los exagerados precios del alquiler o para la compra de una vivienda son el pan de cada día. Como también lo es el paisaje inimaginable de veinteañeros que duermen a la intemperie y solicitan la solidaridad del vecino para subsistir. O el saber que el cáncer no solamente supone afrontar la muerte, también la bancarrota.

La capital financiera mundial luce calles con un dudoso e irregular asfalto, rascacielos inalcanzables para el 99% de los mortales y un venerado metro de servicio “vintage”.

Es en medio de este panorama, entre millones de personas inmigradas antes o después en la historia de un país nuevo, que el individuo se asoma a lo desconocido temeroso, desconfiado.

En Brooklyn, como en Queens, el Bronx o Manhattan, los neoyorquinos de hoy, ayer y mañana encienden la radio a las 7 de la mañana sin saber muy bien cómo encarar una realidad que ni tan siquiera un aguado café es capaz de digerir. Una voz les habla de Irán, Corea del Norte, la crisis en Europa… Y de los candidatos en las primarias destinados a gobernar este país desde 2016.

El neoyorquino del siglo XXI observa atónito a un candidato demócrata que se dice “socialista”. Y le apoya. También a un multimillonario rubio, republicano y bocazas que coge el micrófono para llamar “nastyguy” a su correligionario como quien discute en un bar (con una cerveza en la mano) sobre fútbol. O a otro candidato que dice querer parar el paso al gobierno –ojo– de los liberales neoyorquinos.

Pero como Roma, la ciudad sigue su anárquico ritmo a golpe de trabajo y talón. Con riadas de inmigrantes, muchos ilegales, que permiten continuar con el boom de la construcción a uno y otro lado de los ríos Hudson y East River y una concepción del mundo muy particular en la que la lente de la ONU no sólo se debe a su sede en la ciudad sino, también,a la vida en las calles de esta Nueva Ámsterdam.

Nueva York no duerme, y lo más curioso es que habitualmente sueña despierta con la continua incógnita de tener que decidirse entre un cuento (de aventuras) con final feliz o una pesadilla.

Alexis Rodríguez-Rata, periodista y politólogo

Foto: Harold Navarro

 

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