Andreu Llabina, Historiador

Septiembre ha empezado con un cadáver en el portal. Nadie sabe nada, nadie ha visto nada.

Han encontrado un cuerpo sin vida, el barrio ha bajado el tono de voz y los rumores apenas se han dejado oír, unos rumores que por miedo no se disparan. Por primera vez la vida se ha convertido en algo discreto, no hay gritos y la música de los coches ni se oye, el silencio lo ha tapado todo. Los pocos curiosos siguen sin saber la edad o el sexo de la víctima, parece que se quiera olvidar el suceso o que sea un secreto.

En la carnicería el dependiente dice que bajó a las cinco de la mañana vio a alguien durmiendo en las escaleras, su compañero que bajó horas después solo vio policías acordonando la zona. Los vecinos no conocen, no recuerdan, no hay interés vecinal por saber más.

En el bar todos dicen que no saben, al camarero se le escapa que sabe algo, inmediatamente rectifica y dice que habla de una señora que murió en su piso meses atrás, los clientes que se habían petrificado ante las palabras del  caballero vuelven a su rutina y repiten el mantra del “no sé”.

Ha muerto alguien en el barrio y no le importa a nadie, se desconocen las causas, pero todo indica que era alguien que no tenía otro lugar donde pasar la noche que ese portal, nadie lo dice, pero todo parece apuntar que se trataba de un toxicómano al que una sobredosis se lo llevó. No cunde el pánico, la vida sigue fatalmente igual, podría ser que fuese la primera vez que sucedía algo así en mucho tiempo, pero nadie recuerda nada y tampoco se quiere hablar del tema.

No hay luto, no hay ganas de saber. Un vecino comenta que un intruso llegó al barrio y murió antes de irse. Todo es un misterio. Se comenta que hace tiempo el barrio se está llenado de extraños, gentes que no se ven pero se perciben. Las quejas no cesan desde entonces. Han ocupado pisos y azoteas, ensucian los espacios comunes de los edificios y rompen la convivencia. Pero nadie sabe nada.

En el barrio empieza a cundir el sentimiento que nadie hace nada por ellos, sufren el olvido de los de arriba, de los que mandan, de los que salen hablando por la televisión. Todos miran hacia otro lado y no se preocupan por ellos, este sentimiento circula por cada calle y por cada rincón. Un fantasma recorre el barrio.

Ha muerto un hombre y se ha corrido un tupido velo, uno de esos que no deja ver ni sentir, uno que nos hace estar más desconectados de nuestro entorno. Quizás no seamos capaces de ver que la aporofobia está envenenando nuestra sociedad, algo que el 15M fue capaz de contener con sus proclamas en 2011. Hace falta volver a la lucha de las ideas para que entre aire nuevo en calles y plazas.

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