Lluís Foix, periodista

Donald Trump es rehén de sus palabras, de sus mentiras y de sus promesas hechas a lo largo de la campaña. No tiene experiencia en cargos públicos, no había sido elegido nunca para nada, pero su fortuna personal y su audacia, su populismo y demagogia, le han situado en la Casa Blanca.

En el periodo de transición hasta el 20 de enero tendrá que escoger a sus colaboradores más importantes. Esta será la primera señal del mandato. En su discurso de la victoria fue mucho más suave en el fondo y en las formas.

Puede darse la paradoja de haber llegado a la presidencia pisando sin escrúpulos muchas sensibilidades y a la hora de gobernar se comporte como un líder responsable. El error de origen, sin embargo, persistiría. Con la mentira y la exageración no se puede ganar en buena lid.

Esperemos que no levante el muro de más de tres mil quilómetros con México y no expulse a los once millones de inmigrantes irregulares. El aparato industrial militar que controlará le aconsejará no romper las alianzas como la OTAN. Su amistad con Putin no puede condicionar la política exterior de Estados Unidos y de Occidente.

El proteccionismo económico prometido va en contra de la tradición americana. No cree en la lucha contra el cambio climático ni en la reforma sanitaria iniciada por Obama ni en reducir el acceso a las armas.

Sabemos de dónde viene y qué medios ha utilizado. Sólo cabe confiar en que muchas de sus promesas no se lleven a la práctica.

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