Norbert Bilbeny, catedrático de Ética

Me encuentro dando un curso en Guadalajara, la capital de Jalisco, México. Estoy coincidiendo con las manifestaciones y saqueos, en todo el país, contra el aumento del precio del combustible, y por lo tanto de casi todo, decretado como regalo de Año Nuevo por el gobierno de Peña, perteneciente al PRI. Partido Revolucionario, pero Institucional, eso sí. Y corrupto.

Antes de entrar, en el mediodía de un soleado domingo, en la catedral, una ensordecedora caravana de motociclistas se detuvo allí, apagó sus máquinas y gritó contra el llamado “Gasolinazo”. La gasolina ha aumentado el 20 por ciento de su precio. El salario mínimo es de 80 pesos diarios, unos ocho euros, así que muchos aseguran, incluso los que ingresan más, que no les alcanzará, con tal subida, ni para el mínimo sustento. Al salir de la catedral vi una ingente cantidad de improvisados carteles con textos de protesta que ciudadanos anónimos habían ido colocando sobre una gran escultura escalonada, en plena plaza de la Liberación. Todas las quejas ahi escritas reunían una rabia contenida por el humor. Saqué fotografías de muchas de ellas.

Son signos de justa protesta y de buena literatura, no pocos. “No le tengo miedo a la represión, le tengo miedo a tu indiferencia”, “Lo bueno no se debe de contar, se debe de notar, ¡chinga a tu madre, PRI, PAN!”, “Más vale una protesta pendeja que un pendejo que no protesta”…Después me dirigí al mercado de San Juan de Dios, a lo largo de la plaza Tapatía, donde compré, tras regateo, no mucho (respetemos el margen de beneficio de los inditos), algunos vestidos típicos de Chiapas para llevar de regreso a casa. Al reandar el camino hacia el centro, otra vez, coincidí, en la calle Hidalgo, con una manifestación igualmente contra Peña y su “gasolinazo”. Pacífica, de gentes que parecían de clase media, y que pedían que me uniera a ellos mientras yo les tomaba fotos. Me sentí ridículo, pero también hubiera sido así si gritaba, con esa gente, “muera Peña”.

El salario mensual de un profesor permanente de la universidad no va más allá de unos 3000 euros. El alquiler mensual de un piso de tres habitaciones en una zona medio-alta asciende a unos 600. Pero las clases populares sufren un permanente deterioro de su calidad de vida, por el alza de precios. Una profesora me dijo, hablando con ella de las protestas de estos días: “Pero esta vez es especial, no sé como acabará esto”. De vuelta ese domingo al hotel, el taxista, contrario a las protestas cotidianas, aseguraba que protestar no sirve de nada en este país. Que mejor sería dejar de pagar impuestos. Miré por la ventanilla y vi una tienda llamada La Catedral del Antojito, cerrada. Otra, al lado, anunciaba “Fajas colombianas” para mujeres. “¿Cuáles son?”, pregunté al chófer: “Siií, amigo –respondió–, las que llevan una protuberancia en el pompi, para la belleza de las damas…” Eso es hablar bien.

Dos días después leí en el periódico El Diario, ligeramente crítico con el sistema, que varios ciudadanos habían comparecido ante una cola de personas en una oficina oficial de recaudación –las hay muchas– alentándolas a que dejaran de imponer sus tributos. Por lo visto nadie les hizo caso.

México es mucho México. Me tiene robado el corazón y la cabeza, siempre, desconcertada. Es un gran país, moderno y arcaico, luminoso y macabro–nunca oscuro–, entrañable y asombroso. Es decir, un país como hay pocos, pero maltratado por un puñado de criminales. Cuando los mariachis cantan “La Llorona” quieres bailar y llorar con ellos, de alegría y de pena. Por estar en México.

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