Andreu Llabina, historiador

Fue hace unos veinte años cuando mi padre recién llegado de una conferencia en el extranjero me contó que en un futuro no muy lejano la tecnología habría avanzado tanto que llevaríamos dispositivos tan pequeños y tan potentes que podríamos ver la televisión, hacer llamadas y mandar documentos con aparatos parecidos a relojes de pulsera.

En ese momento, mi imaginación era incapaz de visualizar lo que hoy en día tengo en la mano. Tener cámara fotográfica, calculadora, cámara de vídeo, procesador de textos, teléfono, reproductor de música, mapas y televisor entre otros gadgets, además de caro era prácticamente inasumible tenerlo todo en una misma habitación.

Resulta magnífico ver lo que han llegado a cambiar nuestras vidas y las relaciones sociales gracias a las nuevas tecnologías. Hace unos años, cuando se iba de viaje era costumbre mandar una postal, esta solía llegar dos semanas después de haber vuelto. Hoy podemos contactar con cualquier persona en cualquier lugar del mundo a tiempo real con una normalidad insultante. Y en caso de que la conexión falle nos indignamos. Sí, son los problemas del primer mundo.

Hace veinte años en el coche de mis padres teníamos un teléfono de juguete rojo, con la típica forma de teléfono de mesa, con un cable de los que hacen tirabuzones que juntaban el auricular con una base y los números colocados en media luna.  Con mi hermana jugábamos con el teléfono, nos burlábamos de los yupis modernos que conducían hablando por teléfono, nos parecía de lo más hortera. Como cambian las cosas con el tiempo.

Sin darme cuenta he pasado de leer mayoritariamente en papel a hacerlo sobre pantalla. Es más, desde hace un par de años prácticamente no leo novelas, el tiempo de ocio que ocupaban los libros lo dedico a ver series, parece que la pesadilla de Fahrenheit 451 se implanta con una naturalidad espantosa.

La crisis del sector editorial ha conducido a muchos escritores a trabajar para la televisión, grandes historias han encontrado su lugar en la pequeña pantalla. Nuestros hábitos cambian, el mundo cambia.

En este tiempo la calidad de los contenidos audiovisuales es muy alta, pocas historias han entusiasmado tanto como la perfecta The Wire. A decir verdad, fue Lost la creación que dio valor a las series, generó tal expectativa que revolucionó las parrillas televisivas, ¡incluso se abrió un bar en Barcelona ambientado en ese mundo! Con el fenómeno Lost las grandes cadenas, productoras, y después las plataformas de contenido quieren tener series y más series, esperando que alguna de ellas tenga tanto éxito como Breaking Bad, o Juego de Tronos.

Pero lo que realmente genial es el cambio de mentalidad que ha conllevado. El espectador ha dejado de ser un sujeto totalmente pasivo, ahora puede decidir que ver y en qué momento y en qué cantidad. Podemos ver los episodios que queramos, como si queremos ver una serie entera en dos tardes.

La tecnología e internet han acelerado el mundo, y eso no es bueno per se, puede que se valore menos la reflexión, pero se valora más la espontaneidad. Tampoco es que hace veinte años fuéramos una civilización mayoritariamente culta y erudita. Lo que sucede es que ahora todo se hace más transparente, y la banalidad y la superficialidad siguen ganando por goleada.

Un comentario en “El mañana fue ayer

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