Alejandro Duque Amusco, poeta y profesor

El mes pasado se han cumplido treinta y cinco años –el 16 de enero, si la memoria no me falla– de la desaparición de uno de los escritores e investigadores que más prometían de su generación: Ignacio Prat, arrebatado por los celosos dioses en plena juventud.

La fecha ha pasado en silencio. Pero los que le conocimos y tuvimos la suerte de tratarlo y de ser su amigo, nos sentimos en la necesidad –no solo por él, también por nosotros, debemos reconocerlo– de evocar su recuerdo, su fascinante personalidad, su genial y rompedora apuesta como poeta, que la muerte vino a desbaratar demasiado pronto.

Pertenecía a la generación llamada de los “novísimos”, aunque él era mucho más radical en su actitud estética que los poetas reunidos en lo que él denominó el “horrible tomito” de Castellet. Compartía con ellos algunas características, como su gusto por la música pop (era entusiasta de Mike Jagger y de John Lennon, cuya muerte lloró con auténtica rabia), por la cultura de masas y por las nuevas técnicas del graffiti urbano, que incorporó a su poesía.

Al mismo tiempo, aunque pueda parecer contradictorio, y probablemente lo sea, cultivaba el refinamiento intelectual, la erudición brillante, la rareza como señal de exquisitez y de escapismo del medio cultural dominante. Él fue mucho más lejos con su escritura que ningún otro poeta de su momento, y casi me atrevería a decir que no tiene parangón en nuestras letras. Se le ha llamado “el poeta español más radical del siglo XX”, y también “el décimo novísimo”, en pugna con Ullán y Ferrer Lerín, pero él hubiera abominado de semejante título.

Quizás a quien más se parezca sea a los poetas concretos y visuales centroeuropeos, a los germanos Gappmayr, Mayrocher, Gorimger. Pero en Prat el juego con las palabras se complicaba hasta el extremo de destruir toda posibilidad de sentido. Su obra poética, Para ti (anagrama de A I. Prat), ahí sigue, como un monumento a la dificultad, hechizándonos y excluyéndonos, intrigándonos como un enigma. Había algo dramático detrás de esa actitud. He pensado que acaso era eso lo que él pretendía con sus charadas poemáticas y sus complejos anagramas: hablarnos, con el sinsentido, de la destrucción del sentido.

Dotado de una naturaleza proteica, Ignacio era uno y varios a la vez. Un ser inteligente como pocos, dotado de un talento y una cultura enormes, cualidades con las que realizó la labor crítica e investigadora más brillante de su generación, y con un poder de fascinación y simpatía personal que lo convierten en una criatura inolvidable para todos aquellos que lo conocimos.

Fue un personaje de fábula que se hubiera hecho, por un momento, realidad para luego rápidamente desaparecer.

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