Norbert Bilbeny, catedrático de Ética

La crisis de 2008, y su continuación hasta hoy –más paro, más desigualdad–,  nos está mostrando que nuestros hijos viven o van a vivir peor que nosotros. No salimos del asombro y cuesta vencer la amargura de dicha constatación. Nos parece que es excepcional en la historia el que una generación viva peor que la anterior, en particular si ésta vivió bien o relativamente bien.

No obstante, lo normal en la historia es el estancamiento tecnológico y la economía de la subsistencia. Así fue en el mundo hasta aproximadamente 1800, con la excepción de China, que creció hasta alrededor de nuestro año mil. Como sea, la idea de progreso y la esperanza de que el futuro sea mejor que el presente llega en aquel 1800, fecha en que empieza en Occidente un crecimiento exponencial de la innovación tecnológica, la producción económica y las instituciones inclusivas, las claves materiales del progreso. Las intelectuales y morales empezaron en el Siglo de las Luces. La historia del mundo tiene su gran turning point en 1800.

La tecnología y la producción siguen hoy su marcha ascendente, trepidante. Pero empezamos a dudar que comporten, como en general en el pasado, un avance de las libertades, la participación y el bienestar. Hay unos serios obstáculos: la superpoblación, los regímenes autoritarios y el cambio climático son los principales. Pero ahora debemos añadir las consecuencias de la llamada “Cuarta revolución tecnológica” hoy en marcha: la de la robotización. Las anteriores fueron la industrial, la electrónica y la informática. Hay un hecho innegable: los robots hacen aumentar, imparablemente, la producción. Pero producen ellos, no los humanos, y la inmensa mayoría aún no sale beneficiada, ni se espera, con el gran cambio. No es un sol lo que se ve en el horizonte, sino oscuros nubarrones, a menos que las relaciones sociales de producción, la distribución de la renta, para llegar equitativamente a todos, y los derechos básicos hagan un vuelco extraordinario. De otro modo, podrá seguir habiendo progreso material, en el sentido de un crecimiento técnico y económico, pero no un verdadero desarrollo sostenible.

El Pacto Mundial por el Desarrollo Sostenible, iniciado en la ONU en 2015, coincidiendo con la conferencia de París sobre el cambio climático, ha fijado 17 objetivos suscritos por todos los estados del mundo. Pero el Pacto, realmente ambicioso, además de que no pide el fin de la industria de guerra ni el fin de las dictaduras, no tiene ningún poder sobre su aplicación y seguimiento. Quizás por ello fue aprobado por todos…

Pero no habrá que destruir las máquinas automáticas de hilar, como sucedió en Cataluña y Valencia, iniciando el movimiento obrero español, en el siglo XIX. Recuérdese: el “ludismo”, las “selfactinas”. Los robots nos harán más civilizados. Pero sólo si los controlan poderes civilizados y que eviten echar a la cuneta a millones de desocupados. El problema ya está aquí.   

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