Jordi Delás, médico

El poeta Ricardo Fernández Esteban en su blog nos recuerda que la palabra es mágica porque tiene el poder de convertir sones en sentimientos. De hecho oímos o decimos a menudo, “estas palabras me han hecho daño o, por el contrario, me han hecho bien”.

Aun si la información es desfavorable,  hay quien tiene también la magia de que sus noticias sean menos dolorosas y se reciban de forma más positiva.

Buenas palabras. Que acompañan, comprensivas. Que se entienden, ayudan y dan calor. Palabras que esperamos oír. Hola, adiós. Siéntese, le escucho, me hago cargo, puedo ponerme en su lugar. Me ocuparé. Veremos qué se puede hacer. Gracias. Pase usted.

Buenas y malas palabras y también no palabras. Parafraseando a los no lugares, las no palabras serían elementos contemporáneos, que se cruzan personas en función de meros elementos de conjuntos que se forman y desaparecen. Alguien frente a la pantalla del ordenador masculla, “este programa es un auténtico desastre, parece mentira que nadie se dé cuenta”. El interlocutor mira resignado hacia otro lado y espera que acabe la retahíla de ruidos que no sabe a quién van dirigidos.

Durante mucho tiempo se ha disculpado al profesional de trato abrupto, pero con buenos resultados. En un estudio realizado en siete centros de los Estados Unidos, siguiendo a 32.000 pacientes,  se halló que los cirujanos que recibieron más quejas de sus pacientes antes de la operación tuvieron más complicaciones globales, médicas y quirúrgicas y sus pacientes sufrieron más reingresos.

Si estas listas se hicieran públicas ¿quién acudiría a un profesional más antipático y con peores resultados?

En una revisión sistemática de los efectos del aislamiento de los pacientes, dieciséis estudios mostraron un impacto negativo sobre el bienestar mental, especialmente en cuanto a ira,  depresión y ansiedad. Algunos estudios hallaron que los profesionales pasaron menos tiempo con los pacientes en aislamiento y se multiplicaron por ocho los acontecimientos adversos.

En la Universidad de Wisconsin, en ocho médicos y ochenta pacientes  se han comparado cuarenta visitas realizadas con papel y cuarenta utilizando el ordenador. En estas últimas, los médicos miraron más los registros médicos y menos al paciente.

“Cuando el profesional pasa mucho tiempo pendiente del monitor, los pacientes pueden perder mensajes importantes que se transmiten mediante lenguaje no verbal”, comentaron los investigadores. “Es muy probable que la capacidad de escuchar, resolver problemas y pensar creativamente no sea la óptima si los ojos del facultativo están pegados al ordenador”.

Así pues, podríamos prescribir más (buenas) palabras, más miradas. Recomendaciones válidas para todo el mundo. 

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