Jaume Boix, director de El Ciervo

Ahora que se celebran los 40 años del 15 de junio de 1977, el día, aquel sí histórico, en que por primera vez desde 1936 (es decir desde hacía otros 41 años) se celebraron en España unas elecciones generales democráticas, me parece oportuno recordar algo que no he visto reflejado en los papeles ni en las pantallas. No sé si se olvida o se ignora, por desconocimiento o interés.

La importancia de aquella votación fue decisiva: ganó la UCD, el centro derecha reformista de Adolfo Suárez, pero la semiclandestina izquierda (el PCE había sido legalizado solo dos meses antes) tuvo un resultado excelente. Entre el PSOE, el PSP de Tierno Galván y el PCE obtuvieron los mismos 7,8 millones de votos que la suma de UCD y Alianza Popular, la derecha franquista. Y esto no solo dio alas a la reforma política, sino que la superó y permitió profundizar en lo que se ha llamado la Transición y abrir un periodo constituyente del que un año después salió la Constitución de 1978. España se convirtió poco a poco en una democracia con todas las de la ley y creo que no puede negarse que desde entonces hemos vivido el mejor, más libre, más largo y más fructífero periodo de nuestra historia. Y no en términos relativos, sino absolutos.

Pero lo que quería recordar es que aquellas elecciones no se habrían celebrado si medio año antes, en diciembre de 1976, no se hubiera aprobado en referéndum la ley de Reforma Política que urdió el presidente de las Cortes, Torcuato Fernández Miranda. La izquierda y la mayor parte de la oposición no creía entonces que aquella vía reformista llevara a ninguna parte: estaba por la ruptura  y pidió la abstención. Sin duda confiaba demasiado en sus propias fuerzas y sin duda tenía una muy imprecisa percepción de la realidad. Para su sorpresa, casi nadie le hizo caso: la participación fue del 80 por ciento y los síes, el 94 por ciento. Aquel referéndum fue la primera confrontación de la oposición con la realidad de las urnas. Lo bueno fue que aprendió de la experiencia, y entre este dato de la realidad y la legalización posterior del PCE, que disipó las dudas sobre la sinceridad democrática de la reforma, la izquierda se lanzó a concurrir sin complejos, reticencias ni restricciones mentales a las elecciones del 15 de junio. Con el magnífico resultado que hemos visto.

Cada cual puede extraer de la historia las lecciones que quiera o buenamente pueda. A mí me parece que este país dejó bien claro entonces (y lo ha hecho otras veces) que no quería fracturas ni quebrantos. Le ha ido bien así. ¿Creen ustedes que nos habría ido o nos puede ir mejor rompiendo por la brava la Constitución, el régimen político, las formas democráticas –es decir la democracia–, la estructura del Estado, empequeñeciendo el territorio, maquillando los resultados electorales en lugar de aprender de ellos y prometiendo el paraíso, tal vez sin huríes y efebos pero en cualquier caso totalmente gratis?

Ya sé que no lo creen: era una pregunta retórica. 

Un comentario en “Rupturas

  1. Para evitar estas “salidas de tono” nuestros representantes han de trabajar en afianzar la democracia, potenciando un estado acogedor donde quepan y se sientan bien todas las comunidades que integran España. El Estado ha de gestionar mucho mejor los magníficos recursos que tiene a su disposición, empezando por las propias estructuras, practicando políticas que vayan más allá de las meras buenas intenciones, libres del servilismo al voto. Se impone una reforma del aparato administrativo del Estado y de las autonomías -supresión de organismos superfluos así como de duplicidades, designación de técnicos de reconocida valía al frente de las oficinas y no de afines políticos que poco conocen de esas materias, optimización de los medios telemáticos, coordinación (!) interterritorial, etc- con miras a una mejor gestión de los grandes asuntos: impuestos, seguridad social, empleo, educación, sanidad, investigación y desarrollo, turismo, etc. Y, por supuesto, una re-educación de la sociedad entera en el orden moral y ético, que ponga fin a la generalizada corrupción actual y sostenga como bases la honestidad y el buen hacer para eclipsar la mentalidad del enriquecimiento fácil, del todo-vale, del tú robas, yo robo. Depurar, limpiar, sanar a una sociedad enferma, presa del consumismo y la superficialidad. Es básico trabajar, por más utópico que parezca, en la dirección de crear un status quo en el que se respeten los principios democráticos, en el que el estado preste a los ciudadanos servicios modernos y de calidad. Y no puede negarse de que existe más que un tropel suficiente de jóvenes entusiastas y maduros expertos dispuestos a poner buena proa a esta empresa integradora que es España, de la que todos nos sentiremos satisfechos y contentos. Igual se tarda otros cuarenta años en conseguirlo, pero habrá merecido la pena.

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