Xavier Vidal, periodista y librero

Permítanme en este, mi primer artículo en una revista para mí reverencial, que aborde un tema poco interesante pero que me suscita una curiosidad infinita. El tema en cuestión es la aparición de generaciones literarias que quedan automáticamente fijadas en el mapa mental de los lectores. Generación del 98 forjada a partir de la reacción a la pérdida de Cuba (tema), Generación del 27 a partir de los estudiantes residentes y sus amigos (lugar), la Escuela de Barcelona (ciudad) y tantas otras que aquí no cabrían.

Tengo una cierta inquietud por saber en qué momento a unas y otras se las empezó a llamar así y quien lo hizo. Estoy convencido que no fueron los mismos autores los que decidieron un día llamarse así y lo hicieron público para decir así que pertenecían a un selecto grupo de escritores que tenían cosas en común más allá del tiempo y el espacio compartido. Seguro que pasados unos años, los estudiosos de la literatura percibieron que podían tildar de generación a un grupo concreto por esas coincidencias y relaciones. Olvidando estos estudiosos a las mujeres que también formaban parte y aportaron riqueza y una cosmovisión diferente al grupo que se consolidó en el imaginario de los libros de texto como un grupo sólo masculino.

¿A qué viene toda esta introducción, se preguntarán? Observo desde hace algún tiempo que los jóvenes escritores insisten en autoproclamarse generación X, Y o Z. Se produce un cambio, a mi parecer, que perturba el concepto. Ya no es alguien externo quien observando y leyendo a los autores de hace algunos años determina una serie de puntos comunes que aglutina un grupo de autores. Son los mismos autores contemporáneos los que se bautizan con un nombre X, Y o Z por el mero hecho de compartir espacios, tertulias o cualquier sandez que permita poner un nombre a su “generación”.

Estas nuevas hornadas de escritores muy presentes en las redes sociales han interpretado que en el mundo actual no interesa tanto la obra como el nombre. El nombre lo es todo. Pertenecer al grupo confiere, por arte infusa, una especie de áurea que permitirá abrir un espacio para la difusión. En muchos casos, estos autores y autoras escribirán sobre los mismos temas, imitando determinadas técnicas como si previamente a la aparición del nombre hubieran pactado unos estatutos que indiquen la orientación que debe tomarse.

Hasta aquí la constatación. Permitirán que acabe mi artículo de forma abrupta con la sana intención de dejarlos con preguntas más que con respuestas. Sólo puedo añadir, primero, que existe una diferencia muy clara entre generación y capillas o peñas. Y segundo, que castellanizando una expresión muy catalana: El nombre no hace la cosa.

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