Xavier Vidal, periodista y librero

¿En qué momento empezaron a perder el sentido original las palabras? ¿Cómo es posible que un mismo vocablo pueda ser proclamado verdad absoluta por dos partes teóricamente enfrentadas? ¿Tal vez porque sean lo mismo? ¿Tal vez porque persiguen los mismos objetivos?

En los últimos tiempos mi entorno está sufriendo los efectos del denominado imperio de la posverdad. Es decir, el imperio de lo que siempre ha sido la posverdad: la mentira, la manipulación, la mezquindad y el uso torticero del significado de las palabras.

A principios de septiembre y gracias al poeta Jesús Aguado, me cayeron del cielo, ese cielo creado por Francisco Cumpián en forma de editorial artesana, Árbol de Poe, dos libros, dos textos de Chantal Maillard y de Henri Michaux, éste último traducido por la misma poeta.

En Balbuceos, Maillard alude a la imposibilidad de articular palabra fruto de un bloqueo mental que nos impide siquiera empezar una frase. En A trazos, de Henri Michaux, el poeta, narrador y pintor, lamenta que las palabras sean tiranas y nos obliguen a concebir el mundo de una determinada manera. Por eso, ensaya pictografías a partir de las letras para construir un mundo mucho más libre, sin diccionarios. O mejor aún, donde las imágenes que se construyen con el nuevo diccionario pictográfico que él propone, den total libertad de interpretación al individuo. Fruto del diálogo a partir de esas imágenes pueda nacer un mundo nuevo sin la tiranía de la palabra.

A principios de este 2017, Rafael Argullol publicó un libro magnífico. Poema, publicado por la editorial Acantilado, es el trabajo diario del filósofo durante tres años. Cada día escribió un poema de acuerdo con su estado de ánimo o su interés en ese momento. Tres años después los reunió y se limitó a hacer las correcciones lingüísticas sin tocar nada que alterara el contenido y el sentido de esos textos.

Si han llegado hasta aquí se preguntarán a santo de qué les cuento todo esto. La respuesta es muy sencilla. Estos tres libros me han salvado en estos tiempos convulsos que nos ha tocado vivir. Han sido mi refugio ante las hordas bárbaras que nos han invadido. Aquellas que nos quieren obligar, como denuncia Michaux, a adherirnos de forma inquebrantable a causas sin dudas, leyes sin justicia y usando lenguajes similares: cerrados, ensimismados. Porque lo único que cuenta es – ya sea de derechas o de izquierdas –: hasta la victoria, siempre.

Y mientras las hordas avanzan, a la carne de cañón sólo le queda el balbuceo, el pasmo de la palabra, la incapacidad de conectar cerebro y corazón para constituir eso que me atrevería llamaría Co-Razón. Esa colaboración tan necesaria entre razón y emoción. El balbuceo está aquí esperando que alguna palabra resurja y nos enseñe una nueva manera de ver el mundo.

Y Poema de Argullol nos ofrece salidas. Nos da palabras que reconfortan, historias míticas y divinas aleccionadoras tan actuales porque por eso son clásicas, y nos recuerda que el ser humano ha construido lenguajes como los que propugna Michaux: el arte, la música, la literatura. 

Mientras tanto, el circo más horrendo acecha en cada rincón invadiéndolo todo. Y el balbuceador, horrorizado, tiene dos opciones: refugiarse o salir voz en grito reivindicando las proclamas de dos sabios auténticos representantes del nihilismo del siglo XX y XXI ya desaparecidos: Labordeta y Rubianes.

Un comentario en “¿A la mierda?

  1. Este articulo me llega en el momento preciso. Hace un rato, una amiga colombiana me enviaba desde Medellin, la defensa acérrima de un Referendum sobre el Estatut del 2006 en el Congreso de los Diputados de un Rajoy, entonces en la oposición, que se exclamaba contra un Gobierno que no escuchaba al pueblo. Visto hoy, es el paradigma del uso del lenguaje como instrumento para el engaño. Compartiamos la tristeza por el triunfo de la retórica falsa, la pérdida del valor de lo dicho, la instauración del cinismo más despreciable. Cortázar, en Rayuela, manifiesta una desconfianza permanente hacia las palabras que sólo podemos expresar con más palabras. Las llama “perras negras”. Con el rencor de quíen se sabe un Sísifo y al mismo tiempo, ama con locura su carga. Me apunto las lecturas que propone Xavier y le felicito por su reflexión en estos momentos de incertidumbres.

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