Carles Padró, periodista

Si la palabra de 2016 en inglés según el prestigioso Diccionario Oxford fue “post-truth”, la de este año -aunque sean dos- debería ser “fake news”. Si así fuera (y si no también), sería la constatación de un drama que se masca desde hace tiempo: que informarse y buscar la verdad de los hechos empieza a ser una tarea más que complicada. Porque las “fake news” o noticias falsas han venido para quedarse. Para quedarse y para difuminar un poco más la delgada línea que a veces separa la realidad de la ficción, cosa que nos aboca a la confusión absoluta y a una institucionalización abierta y descarada de la desinformación que sin duda engendrará sociedades menos libres. Cierto que lo de la desinformación no es algo nuevo, pero a diferencia de antes ahora crece y se reproduce a toda velocidad gracias a la decadencia de los medios tradicionales, a las grandes plataformas tecnológicas como Facebook o Google y al bajo coste de producción de las también llamadas “alternative facts”, término que encierra un mayúsculo e indisimulado cinismo. Porque no me dirán que llamar hechos alternativos a falsedades o directamente mentiras no es de un cinismo desatado y sinvergüenza.

Antes de que llegara internet, solo el poder político y los medios de comunicación conectaban de manera masiva con las audiencias, pero eso se acabó. Con la aparición del invento que cambió nuestras vidas, todo el mundo puede acceder cuando quiera y desde la plataforma que desee a todo tipo de información. Por si ello no fuera suficiente, las redes sociales multiplicaron las posibilidades provocando que el control que antes era de los medios ahora también esté en manos de trolls, hackers y todo tipo de emisores tóxicos e interesados, incluidos los servicios de inteligencia. Ahí están la norteamericana Breitbart (propiedad del ex consejero de Trump, Steve Bannon) o la rusa RT, por poner dos ejemplos de agencias que interfieren de manera interesada en los grandes acontecimientos político-económicos que se dan en la actualidad. Fue perder el monopolio de los contenidos y los ingresos derivados de la publicidad, y los medios perdieron la batalla enfangados en las aguas pantanosas de la red.

La pregunta es si podemos hacer algo frente al drama que supone la normalización de la desinformación. Y la respuesta es que no nos queda más remedio que confiar en los medios y plataformas que demuestren en mayor grado servirse del buen periodismo, que me permitiré definir como el que investiga y reflexiona a fondo para intentar mostrar cada vector de la realidad que nos envuelve, aunque ello cueste tiempo y dinero. No es fácil determinar qué medios hacen buen periodismo y cuáles no, pero sí podemos poner en duda todo antes de creernos nada y comprobar la profesionalidad y trayectoria de quién nos lo está contando. A la vez, las plataformas tecnológicas tienen que aceptar que no todo vale y poner coto a la intoxicación masiva. La guerra contra las ”fake news” la tenemos que ganar entre todos: medios de comunicación, plataformas tecnológicas y usuarios de internet. Ánimo.

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