Jordi Delás, médico

En marzo de 1982, se publicó una conversación en El Ciervo sobre Morir en el Hospital, morir en casa. Junto a tres médicos, una enfermera y una asistente social, Rosario Bofill mostraba su miedo a la muerte en el hospital porque implicaba soledad.

Otro colaborador de El Ciervo, el pediatra y experto en organización de Hospitales,  Dr. Ignasi Aragó ha tratado el significado de la vida en el Hospital. Hay quien compara la estancia en el Hospital con la de una prisión. Con analogías, la pérdida de la independencia, un uniforme que suele ser una breve bata, horarios estrictos, limitación a abandonar determinadas áreas, incluso salir del hospital.  Por lo que para muchos es una experiencia dura los días en el hospital y para los profesionales, todo un reto, hacer más humana la vida en él.

Recientemente, reencontré en una silla de la planta baja del Hospital a un paciente que tras atenderlo, habíamos trasladado a otro centro para su convalecencia. Digamos que su nombre era Federico. Federico había ingresado, grave, semanas atrás con importante anemia. Procedía de un banco de piedra delante de un convento. Imposibilidad para levantarse y buscar algo qué comer. Pasaban así los días. La disminuida oxigenación de su sistema nervioso era como una protección, que le hacía menos consciente, más inconsciente. Hasta que apareció una ambulancia. En el hospital, sangre, hidratación, comida, cuidados.

En el segundo centro, la buena noticia fue que gracias a su buena evolución podía salir. La mala noticia, para él, sin domicilio previo, con pensión exigua, que el siguiente destino sería la calle.

Mejor cuidado, mejor nutrido, mejor orientado, debió pensar que el banco de piedra enfrente del convento era un mal recurso. Y decidió volver al hospital. A algo que conocía, pero sin derecho a ingresar. Con derecho parcial a silla porque, cuenta,  que a las dos de la mañana, la seguridad del centro  le moviliza.

– Salgo a la calle.

– Ayer llovía.

Los últimos congresos en la ciudad, la ocupación hotelera ha llevado a que una habitación en un albergue alcanzara los 90€. “No puede ser” y junto a la trabajadora social hacemos gestiones que nos confirman que hay lista de espera de un mes para acceder a un albergue y que Federico puede ir a las 8 de la mañana, a esa central de servicios sociales, que es cuando abren. Que si a lo largo del día no le atienden, lo harán al día siguiente.

Los médicos somos aburridos. Reiterativos. Los estudiantes de medicina se inician en serlo y unos y otros somos malos contertulios, tercos cronistas en comidas monopolizadas por historias poco halagüeñas.

– Siempre habláis de desgracias.

Me encantaría hablar de pensiones que permitieran una vida digna. De congresos y turismo en las ciudades que repercuten en la calidad de sus ciudadanos y no encarecen su vida. De humanizar los hospitales y que solo tuvieran que recurrir a ellos quienes precisaren  vigilancia y tratamiento las 24 horas del día. Tener debates filosóficos e ideológicos, cuando todos tengamos los pies calientes.

Pero se me hace imposible ver llover y nevar, sin pensar que mis pacientes se mojan y enfrían y que a las 2 de la madrugada aparece un renovado, “circule, por favor”. 

Si Federico se moja y se enfría, con una neumonía pasaría a vivir en el Hospital a pleno derecho y con un infarto tendría todo tipo de atenciones. Hasta que todas estas inversiones, este gasto sanitario en su cuerpo veterano den lugar a las dos noticias, puede irse y tomar la calle.

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