Eugenia de Andrés, periodista

La escena ocurrió días atrás en un supermercado de la cadena Jespac. En mi cesta de la compra, una bolsa de palitos integrales, unos kiwis, cuatro manzanas, medio kilo de judías verdes y una tableta de chocolate negro. Poca cosa más. Me adentré después en uno de los pasillos en busca de mi mermelada favorita. Me di cuenta entonces de que se oía música y pude escuchar los primeros acordes de Clocks, mi canción preferida de Coldplay. Me detuve un momento mientras buscaba por los estantes algunos alimentos que faltaban en mi despensa para la cena y la comida del día siguiente.

Y entonces sucedió. Me crucé con otra clienta que, como yo, canturreaba la misma canción que se oía en los altavoces. La acompañaba una niña que me pareció su hija. Las tres nos cruzamos una mirada de complicidad y una sonrisa mientras, en el pasillo de las mermeladas, cantábamos y bailábamos al son de la música de Coldplay. Fue un momento casi mágico. La escena me invitó a pensar en los efectos beneficiosos de la música y me preguntaba por qué en los supermercados no ponen música para que la oigan sus clientes mientras compran las provisiones para la comida de mañana. Quizás así sería más agradable la rutina de proveernos de alimentos mientras escuchamos algunas canciones.

Mis reflexiones sobre los efectos beneficiosos de la música me recordaron una investigación –una pesquisa, que dirían los portugueses– que desarrollaron tiempo atrás unas enfermeras de un hospital en la sala donde dormían los recién nacidos. Su tesis era que los niños estarían más relajados  si oían música clásica mientras permanecían en la nurserie. Provistas de un magnetofón y unas cuantas cintas de música clásica comprobaron que, en efecto, los recién nacidos estaban más tranquilos, lloraban mucho menos y descansaban mejor en ese ambiente. Quizás se sentían mejor oyendo a Mozart, Brahms, Chopin o Beethoven mientras conciliaban el sueño rodeados de otros recién nacidos.

He encontrado referencias de los efectos beneficiosos de la música en otros muchos lugares. Me quedo con la que anota la Premio Nobel de Literatura, Wislawa Szymborska, en Prosas reunidas (Malpaso, 2017). En una de sus crónicas cita la terapia musical con enfermos de neurosis y alteraciones funcionales desarrollada en Leipizig por el doctor Schwabe. Aunque Szymsborska discrepa de alguna de sus interpretaciones, ahí está consignado que Mozart ocupa el primer lugar en el ranking de propiedades curativas del hospital de Leipzig porque su música provoca un estado de relax en los pacientes, mientras que Beethoven los excita. Habrá que tenerlo en cuenta al ir al supermercado.

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