Carlos Eymar, filósofo, profesor del Instituto Universitario Gutiérrez Mellado (UNED)
Desde los años ochenta en que comenzaron a surgir algunos títulos, los libros de autoayuda han experimentado un crecimiento exponencial hasta convertirse en un género autónomo, y alcanzar el rango de una religión. Con una frecuencia cada vez mayor, suelo encontrarme con amigos o familiares,  agnósticos,  que realizan ejercicios de yoga o practican técnicas de relajación, que hacen ejercicio con el único fin de liberar endorfinas o que se han puesto en las manos de un coacher personal. Cuando escribo estas letras, el diario El País está a punto de realizar la última entrega de una, así llamada, “biblioteca de bienestar y crecimiento personal”. El que un diario que aspira a marcar tendencia entre el público ilustrado, se entregue a difundir las bondades de la autoayuda, es síntoma de la pujanza de esta forma de pensar o de sentir. Se nos promete que con la lectura de los doce libros que integran la colección, encontraremos “la sabiduría y la felicidad en nuestras vidas”. Siguiendo los consejos e inspiraciones que en estos libros se nos dan, se nos asegura que llegaremos a “la mejor versión de nosotros mismos”, a “manejar con éxito el universo de las emociones”,  a ser “alegres, generosos y optimistas”, a hacer perdurable el amor a nuestra pareja o mejorar la calidad de nuestra salud y rendimiento personal, incluso en circunstancias tenidas como irreversibles.

El estilo de los libros de autoayuda tiene el claro tufillo americano de esas películas de autosuperación en las que el héroe, tras un metódico esfuerzo, culmina en un deslumbrante éxito. Son verdaderas incitaciones a mirarse el ombligo, a caer en un narcisismo análogo al del selfie y a presentar,  como posibles, promesas irrealizables que solo pueden conducir a la frustración.

No es extraño que el papa Francisco en su última exhortación apostólica, Gaudete et exultate, haya denunciado “el embeleso de las dinámicas de autoayuda y de realización autoreferencial”, como formas de un nuevo pelagianismo. Pensar que la sabiduría y la felicidad dependen del esfuerzo humano, debidamente orientado por determinados métodos, significa ignorar la fragilidad humana y la necesidad de ser salvado. Frente al “tú puedes”, “hazlo ya”, “eres el mejor”, “sigue tu corazón”…, de muchos manuales de autoayuda, está la sobria máxima de san Buenaventura, citada por el papa: “No todos pueden todo”.

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