Carlos Eymar, filósofo, profesor del Instituto Universitario Gutiérrez Mellado (UNED)

“El péndulo del amor oscila entre siempre y nunca”, escribía Celan, pero, viendo el mundo en torno, uno tiene la impresión de que el “siempre” ha sido abolido del horizonte amoroso. Al hacerlo, la misma idea de amor, convertido en un contrato plagado de cláusulas de reserva, corre grave riesgo de desaparición.

Quien, inspirado por el espíritu del romanticismo, aspira a vincular su amor, con la eternidad, más allá de la muerte, sabe que, tarde o temprano, el sufrimiento hará su aparición. La entrega total y perpetua del corazón a otra persona, conduce inevitablemente a un camino de espinas. “Quien no sabe de penas no sabe de amores”, decía la coplilla que emocionó a Juan de la Cruz. Ahora, por el contrario, nadie quiere saber de penas y, por eso, a fin de prevenirlas, se asume el carácter efímero del amor, que conduce a un grave des-compromiso emocional.

Hay otros que ven en el romanticismo una trampa en la que suelen caer algunas incautas mujeres para desarrollar una morbosa capacidad de aguante en su relación con un maltratador. Confundir el “siempre” con el aguante,  es una mala interpretación del romanticismo el cual defiende, a ultranza, la libertad del sentimiento. El amor romántico es la confluencia de dos deseos, en su pura espontaneidad, capaces de sobreponerse a cualquier obstáculo externo. Por eso, un enamorado romántico jamás se atrevería a ejercer violencia sobre el deseo de su amada. No, el romántico nunca puede ser un maltratador, aunque sí pueda convertirse en un suicida y ahí está el caso de Werther para demostrarlo. La reciente adaptación cinematográfica de La Gaviota de Chéjov,  también nos ayuda a  recordar los abismos de desesperación en que,  hace apenas un siglo, solían encontrarse los atormentados amantes no correspondidos.

No trato aquí, en estos momentos en los que está en pleno auge la prevención del suicidio, de justificar la autodestrucción de quienes llegaron a la lucidez del “nunca” de su amor. Hay otras soluciones igualmente románticas para el amante desengañado, que pasan por los caminos del heroísmo o la santidad. Todo antes que esa visión del doctor Gottman que defiende la perdurabilidad del amor por razones higiénicas, porque produce oxitocinas,  o porque genera un bienestar emocional y aumenta la esperanza de vida.

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