Iñaki Pardo Torregrosa, periodista

España se adentra en una nueva campaña electoral cuando no hace ni dos semanas que ha salido de otra. El calendario –quizá los políticos– a veces es caprichoso. Más allá de los resultados que arrojaron las elecciones generales, estas semanas intensas y repletas de actos reflejan tendencias y movimientos de fondo en la política. Esbozan una estampa del momento actual muy clara y reveladora. Y a la vez deforme. A veces se parece al fútbol, o lo que es peor, a sus aficionados ultra y el debate se vuelve una cuestión pasional y carente de razón. Nos movemos en esas coordenadas y quien intente sortearlas puede salir malparado por una bala perdida, fuego cruzado o un golpe a destiempo.

Hipérboles y medias verdades

El simplismo y la hipérbole, la teatralidad exacerbada sin que llegue a haber contacto entre los jugadores/candidatos sobre el césped y las medias verdades y realidades manipuladas abundan en la retórica de los líderes políticos. En algunos casos han sido los primeros en abonarse a las fake news y lo que es más grave, generarlas. Sucede en un momento que algunos definen como “constituyente”, que puede marcar el rumbo de la política española en los próximos diez años. Los comicios europeos también se analizan con ese espíritu desde el europeísmo convencido ante la amenaza de la internacional ultra que auspicia Steve Bannon con Matteo Salvini a la cabeza y el euroescepticismo creciente.

Pero ese marco es ajeno a la mayoría. Las brújulas andan desnortadas y los relojes no van sincronizados. El foco de las campañas va por casas. A veces el fuego se cruza… y se usan las mismas armas: Purismo y victimismo que escapan al fondo y a la profundidad, al intercambio y al reconocimiento.

“Para que las democracias funcionen los políticos tienen que respetar las diferencias entre un enemigo y un adversario”

Michael Ignatieff

“El ruido y la hipérbole son enemigos de la reforma. Si estamos en una lógica de escalada en la que se niega la legitimidad del adversario y no la de su propuesta se entra en una dinámica en la que es imposible discutir de temas de fondo. Cualquier cambio requiere sentarse y discutir de forma ponderada pros y contras”, apuntaba antes de la campaña el politólogo Pablo Simón en un reportaje. “Estamos desplazando el discurso y falseando la realidad. Así se bloquea el diálogo y se impide la deliberación porque se saca de quicio y de los goznes el ámbito normal de la discusión. Se activan emociones negativas y de paso se eclipsan otros temas”, decía al respecto Beatriz Gallardo–Paúls.

Sobre ello ya postuló el político liberal canadiense y profesor universitario Michael Ignatieff, que escribió en The New York Times hace unos años: “para que las democracias funcionen los políticos tienen que respetar las diferencias entre un enemigo y un adversario”. “Un adversario es alguien a quien quieres derrotar. Un enemigo es alguien a quien tienes que destruir”, definía.

 Izquierda y derecha, ayer y hoy

Después de la moción de censura de mayo del año pasado que desbancó al Gobierno de Mariano Rajoy se ha acentuado la sensación de que el bipartidismo ha dejado paso a una política de bloques que viene a ocupar el espacio de equilibrios y turnos que antes ocuparon PP y PSOE. Ahora son el bloque de la derecha y de la izquierda, que pueden necesitar apoyos de los partidos más pequeños.

Los resultados de las elecciones enerales se han leído en esa clave y los sondeos y encuestas de las autonómicas y municipales se interpretan en ese frame, como si de un plebiscito se tratara. Por ello algunos carteles intentaban evocar el plebiscito como clave en la competición interna de los bloques.

Imagen de un debate a seis de la campaña electoral cedida por RTVE
Imagen de un debate a seis de la campaña electoral cedida por RTVE

En El tiempo pervertido. Derecha e izquierda en el siglo XXI, Esteban Hernández explica que los partidos mayoritarios en Occidente, al coincidir en buena parte del ideario económico en las últimas décadas, han acentuado sus diferencias culturales o simbólicas.

“En cuanto a lo discursivo, el principal instrumento con el que conseguían sus diferencias se visualizasen, ambos apostaron por radicalizar las cuestiones culturales, ya que eran un terreno donde el eje conservador/progresista continuaba teniendo un peso específico y en el que era posible acentuar el componente simbólico”, señala. “Cuanto más de acuerdo estaban en los asuntos económicos, más tensión provocaban en lo simbólico”, apunta sobre PP y PSOE en el caso de España, en el que destaca “la escasa tolerancia con los nacionalismos periféricos” de la derecha o su defensa de “los derechos de las víctimas del terrorismo”. Sobre la izquierda afirma que optó, entre otras cuestiones, por “acercarse a los nacionalismos mediante una reivindicación de la necesidad del diálogo”.

“La izquierda se ha concentrado menos en una amplia igualdad económica y más en promover los intereses de una amplia variedad de grupos percibidos como marginados (…) Mientras tanto, la derecha se redefine como patriotas que buscan proteger la identidad nacional tradicional”

Francis Fukuyama

También habla de ello Francis Fukuyama en su último libro, Identidad. “La política del siglo XX se organizaba a lo largo de un espectro de izquierda a derecha definido por los problemas económicos: la izquierda quería más igualdad y la derecha exigía mayor libertad. La política progresista se centraba en los trabajadores, sus sindicatos y los partidos socialdemócratas que buscaban más protección social y más redistribución económica. En cambio, la derecha estaba sobre todo interesada en reducir el tamaño del gobierno y promover el sector privado. En la segunda década del siglo XXI, ese espectro parece estar cediendo en muchas regiones a una definida por la identidad. La izquierda se ha concentrado menos en una amplia igualdad económica y más en promover los intereses de una amplia variedad de grupos percibidos como marginados: negros, inmigrantes, mujeres, hispanos, la comunidad LGBT, refugiados y otros. Mientras tanto, la derecha se redefine como patriotas que buscan proteger la identidad nacional tradicional, una identidad que a menudo está explícitamente relacionada con la raza, el origen étnico o la religión”, resume el historiador.

“Para algunos progresistas, la política de la identidad funciona como un trampantojo para no debatir de verdad sobre cómo revertir la tendencia hacia una mayor desigualdad socioeconómica que la mayoría de las democracias liberales han padecido en los últimos treinta años”, sostiene Fukuyama, que añade que “es más fácil modificar planes de estudio universitarios para incluir lecturas de mujeres y autores pertenecientes a minorías que mejorar los ingresos o las situaciones sociales de los grupos en cuestión”.

Puros e impuros

El epicentro del terremoto que separa las placas tectónicas de los bloques es Catalunya, en parte. Al menos de cara a la galería. Y como destacó el dirigente popular vasco Borja Sémper en un artículo en El País hace unos meses, Mark Lilla define esta época en su último libro El regreso liberal asegurando que “las proposiciones se vuelven puras o impuras, no falsas o verdaderas”. “Y no sólo las proposiciones, sino las palabras sencillas”, añade el pensador liberal. A juzgar por el liderazgo de Pablo Casado, podríamos asegurar que en su dirección Lilla es un autor proscrito.

Esa forma de (no) razonar es el marco que usa el independentismo –consignas de no apoyar a los que respaldaron una intervención del autogobierno con el 155 y los que no permiten un referéndum de autodeterminación– y la derecha –consignas de no a los indultos, recurrir candidaturas aun sospechando que no se les dará la razón en su competición patriótica, no contar con votos independentistas para una investidura y despreciarlos, etc.–.

“Las proposiciones se vuelven puras o impuras, no falsas o verdaderas. Y no sólo las proposiciones, sino las palabras sencillas”

Mark Lilla

El apoyo del independentismo catalán o del nacionalismo vasco –como pasa con el de Podemos– en el discurso y la retórica de la derecha es ilegítimo, aunque sea constitucional y legal. Es impuro. Algo semejante sucede en el otro lado de la balanza. La política va de buenos y malos, de amigos y enemigos, aunque en lo económico algunos se pondrían de acuerdo muy fácilmente.

Y quien se ponga en medio, o vuelva al centro del tablero, se arriesga a recibir fuego cruzado. Miquel Iceta para unos sería el presidente del Senado “de los indultos, del referéndum y de la inmersión lingüística” y para otros “el del 155”. Podemos es el apoyo de los independentistas para unos y para otros una formación que se suma al denominado bloque constitucional y torpedea al soberanismo, aunque defienda un referéndum pactado con el  Estado.

Victimización y emoción

Otra constante es la victimización. Y a eso no escapa nadie, ni las víctimas del Estado, ni las del independentismo, ni la de las cloacas policiales o las de las leyes injustas. En el libro La creación de lo sagrado Walter Burkert expone como factor de crecimiento el martirio. “El propio efecto de propaganda del martirio demuestra que, a fin de cuentas, éste aún puede ser una estrategia de éxito. La pérdida se compensa con el aumento de la aceptación”, recoge al hablar de los mártires de la Iglesia católica.

Eso también se puede aplicar a estas campañas y a los últimos meses. Desde los que van por los pueblos en los que saben que apenas cuentan con electores con la palabra libertad en la boca como coartada, aunque busquen insultos de sus opositores, a los que sufren las decisiones de la Junta Electoral y no pueden ir a los debates –lo dice la ley electoral– o les impiden presentarse. Su lema de campaña implícito es “soy victima de mi enemigo, apóyame”.

En esa tesitura es difícil entender la estrategia de los independentistas que insultan a Ciudadanos en las plazas o los que confrontan a Vox y al PP. Les regalan la imagen y la victimización que persiguen al ir a según qué sitios. También es incomprensible que a base de recursos y judicialización se promulgue y se patrocine una candidatura, facilitando que su discurso se base en que es “el no deseado”. PP y Ciudadanos han sufrido varapalo de los juzgados de Madrid, del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional en pocos días.

Byung-Chul Han ya advertía en Psicopolítica en 2014 que estábamos ante un “capitalismo de la emoción”. Explicaba que el sentimiento “indica algo objetivo” mientras que el afecto y la emoción “representan algo meramente subjetivo”. Y la política no es sentida sino emotiva en muchos casos. El filósofo surcoreano hablaba del medio digital como transportador de ese afecto, pero el marco digital, si fuera tal, es imperante en el mundo analógico, en el mundo real. “El sentimiento permite una narración. Tiene una longitud y una anchura narrativa. Ni el afecto ni la emoción son narrables”, contraponía Han.

“El teatro narrativo del sentimiento cede hoy ante el ruidoso teatro del afecto. A causa de esta ausencia de narración, el escenario se carga de una masa de afectos”

Byung-Chul Han

“El teatro narrativo del sentimiento cede hoy ante el ruidoso teatro del afecto. A causa de esta ausencia de narración, el escenario se carga de una masa de afectos. Frente al sentimiento, el afecto no abre ningún espacio. Se busca una pista lineal para descargarse”, detallaba. Además concretaba que la emoción es “finalista e intencional” y mucho más breve que los sentimientos.

“El capitalismo del consumo introduce emociones para estimular la compra y generar necesidades. El emotional design modela emociones, configura modelos emocionales para maximizar el consumo. En última instancia, hoy no consumismos cosas, sino emociones”, señalaba. El mercantilismo en la política es otra constante. El voto depende de la emoción, no de la reflexión. Hay que emocionar al indeciso y no convencerlo con propuestas. Y toda política es demoscópica y resultadista, principios y convicciones aparte.

“Las emociones constituyen un nivel prerreflexivo, semiinsconsciente, corporalmente instintivo de la acción, del que no se es consciente de forma expresa. La psicopolítica neoliberal se apodera de la emoción para influir en las acciones a este nivel prerreflexivo”, añadía y concluía que “la emoción representa un medio muy eficiente para el control psicopolítico del individuo”.

Los periodistas y la verificación

Otra de las tendencias en estas campañas son los verificadores o fact checking ante la amenaza y el miedo a las fake news que sobrevuelan la escena. Un estudio de Avaaz y Metroscopia estimó que diez millones de españoles recibieron bulos durante la campaña de las elecciones generales a través de WhatsApp… Y algunos nacen de los propios partidos. Es bueno que haya verificación de todo lo que dicen los candidatos; pero lo que se vende como un producto nuevo debería ser una constante en la profesión periodística y la práctica más común.

Quizá ahora tiene un envoltorio y un lazo distinto y se vende mejor, pero no debería haber quedado nunca desplazada del oficio.  Sobre ello reflexionaba el periodista Jordi Sans en un tuit hace unas semanas:

“¿Soy el único que tiene dudas sobre el boom y la moda de las iniciativas fact–checking? Quizá valdría más la pena incluir esas figuras en las redacciones reduciendo así la desinformación a la que se expone el lector. Ahora, a mi entender, cada cosa va por separado y no se avanza”.

El exdirector de El Mundo David Jiménez se hace eco en su polémico libro, en el que desentraña el funcionamiento y las miserias del rotativo de Unidad Editorial, de una crítica a su diario que señalaba que había “periodistas de disparo fácil y jefes tan poco rigurosos que ni siquiera editaban”. Es una práctica común en más medios y más en el periodismo digital que busca el click y llegar el primero para ganar la batalla en redes y SEO en un entorno sobreacelerado y competitivo. Verificar no debería ser la excepción, el lujo o un producto elitista, sino la norma y no debería ser incompatible con la rapidez que exige el momento actual.

También dejó una lección de humildad para la profesión la primera semana de la campaña de las generales. Hubo debate del debate –si Pedro Sánchez acudía a uno u otro– e incluso se barajaban costes electorales. La estrategia una vez la Junta Electoral Central cortó la participación de Vox en el de Atresmedia pudo ser errónea, pero no causó la hecatombe anunciada en aquel momento y una semana después nadie se acordaba. Hay veces que es mejor descentrarse.

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