La editorial Caballo de Troya no es una editorial al uso: cada año cambia la persona encargada de llevar las riendas de la editorial. Este año los editores invitados han sido Luna Miguel y Antonio J. Rodríguez, quienes se han preocupado por dar voz a escritores de su generación, nacidos en la década de los noventa y hacia finales de los años ochenta. José Ignacio Carnero, uno de los escritores de este año, se confiesa en el blog de El Ciervo con motivo de la publicación de su libro Ama en Caballo de Troya. Ama, además de ser “madre” en euskera y la tercera persona del presente del verbo amar, es un relato emocionante donde se cruzan el duelo, la precariedad, el amor y los cambios generacionales, entre otras cuestiones. José Ignacio Carnero nos habla de todo ello.

Ama
por José Ignacio Carnero

Siempre he sentido la necesidad de escribir. Creo que hasta que no lo escribo, aquello que me sucede no tiene lugar realmente. Es una lucha, en cierto modo, contra el paso del tiempo y quizá también contra la propia realidad. Este libro, Ama, en el que relato la vida y muerte de mi madre, nace precisamente de esta grafomanía y de la obligación que sentía de tratar de retener la memoria. Sentía que los recuerdos, las voces, los olores, se esfumarían con el paso de los días y que yo estaba forzado a retenerlos en forma de libro. En este sentido, concibo el libro como un contenedor al que arrojar la memoria, pero también el dolor. Si la novela trata de copiar la realidad, entonces la vida puede llegar a estar dentro de ella y, en consecuencia, lo bello y doloroso de la misma también. El libro pasa a ser así un espacio físico, casi una habitación, que ir creando a la medida de uno mismo para, de esta forma, poder acudir a él, a fin de recordar aquello que nos gusta, pero también para enrejar aquello que nos duele. Hay que tener memoria, pero también aprender a domesticar el dolor.

Entiendo que todo ello se encuentra en el proceso de creación de Ama. Un proceso que ha seguido una estructura un tanto arbitraria, con saltos al pasado y al presente, con partes narrativas y otras más reflexivas, e incluso con momentos de catarsis en los que la escritura fluyó como un réquiem. De todo esto era consciente. Al principio traté de ordenar mejor las ideas y crear un armazón sólido, pero pronto me di cuenta de que, si pretendía captar la dolorosa realidad que estaba viviendo, no podía detener la escritura. Se trataba de una carrera a contrarreloj. Al principio incluso grabé conversaciones con mi madre, para así tratar de lograr una voz más real y de indagar en los datos e historias que obtenía, pero caí en la cuenta de que era más importante la pulsión de escribir que la ambición de construir una gran novela, y que esa pulsión se podía agotar con el paso de los meses y con lo inexorable de la muerte que estaba describiendo. Por esa razón, la versión publicada es, con algunas excepciones, prácticamente idéntica al primer borrador escrito. Creo que incluso no fue hasta después de ser aceptado al manuscrito por la editorial cuando volví a leer la novela entera. Aún hoy, al repasar el libro, no recuerdo donde se encuentran algunas partes que escribí, porque apenas he vuelto sobre él. Además, leerme me aburre, y yo no escribo para aburrirme, pero eso es otra cuestión. Lo que quería decir es que escribí este libro con prisa. Quería acabar la novela, pero, al mismo tiempo, no quería terminarla, porque es evidente que, tratando de la muerte, el final no podía ser otro que ella misma. Yo lo sabía. No quería pensar en ello, pero lo sabía. Por eso, no me marqué plazos ni utilicé esquemas de ninguna clase. Si quería imitar la vida, la propia vida, sencillamente, tenía que fluir. Yo no podía hacer nada: sólo escribir. 

En las primeras páginas del libro digo que me tuve que dar prisa, porque el tiempo iba a borrar aquello que quería contar y que, por tanto, cuando dejase de escribir ella, mi madre, ya no estaría conmigo. Lo expreso diciendo “quiero que esté más tiempo conmigo, pero no sé cómo hacerlo”. Lo supe después. Se hace, precisamente, escribiendo. Escribiendo logré que mi madre se quedara más tiempo conmigo.

 

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