Andrea Toribio, hispanista y escritora

Trato de pensar, apartando este calor esponjoso de cuarto exterior en el centro de Madrid, en aquella frase con la que el escritor francés Alphonse Daudet nos habla de la pulsión literaria en su libro de 1869 Cartas desde mi molino (Lettres de mon moulin, si lo preferís). Creo recordar que dice —no sé si la reproduzco con exactitud, pero no importa— «Desde ella escribo, con la puerta abierta de par en par, y un sol espléndido». Esta cita carecería de interés si no fuese por su carácter móvil. Automáticamente cierro los ojos y me transporto al comienzo de Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi. Sí, escuchad cuando advierte el italiano, «Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y airada, y Lisboa resplandecía». Y ya estamos allí, o bien en la parte baja de un molino, o en tierras portuguesas. Hago un alto y me pregunto: «¿Será siempre la misma luz?».

Al margen de este ramalazo tan poético que, como una morcilla teatral, acabo de colar en el texto, ambos pasajes nos permiten hacer hincapié en un acontecimiento, que no en un hecho, ni en un evento —porque hay mucha vulgaridad en subrayar el suceder de algo desde la mera espontaneidad—. La escritura no es solo la reproducción de un sentimiento íntimo que se domestica, sino la capacidad de dar cuenta de una brecha en la costumbre. La posibilidad de hacer un alto y decir que se está mirando. La oportunidad de coger un lapicero o un bolígrafo y ampliar el horizonte para abandonarse. Eso y no otra cosa hacen tanto Daudet como Tabucchi, escritores que leyese Carmen Martín Gaite o así figura en la relación de obras y autores de su biblioteca personal del Boalo. Como esto sería mucho suponer, quiero decir, que tener en posesión un libro implique su lectura, querría seguir hilando, y ver qué sale.

Me apetece dibujar esta conexión en absoluto aleatoria, sino repleta de capciosidad y curiosidad por mi parte porque cuál es mi sorpresa al abrir la reciente edición de Todos los cuentos (Siruela, 2019), de la Gaite, que me topo con un cuentito llamado: «Desde el umbral». En él nos dice: «Y en frente, la catedral blanca de nieve, gozosa de sol, recortada y violeta al poniente, como si pensara». Retomo el lirismo y pienso que sí, que podría ser, que ojalá sea la misma luz. Pienso, sobre todo, en el estoicismo que exige el oficio literario, y en el amor que cada cual está dispuesto a depositar en él. Porque un proyecto narrativo no es más que la filtración de un discurso amoroso para el otro. Un discours que es una inmensa carta de amor desde un ciudadano hacia la literatura. Las cartas de Daudet se leen como relatos; la novelita de Tabucchi bien podría ser un viaje largo. Y los de la Gaite son unos cuentos que no por pertenecer al género, se enclaustran en él, sino que se abren al lector. Me permito el lujo de continuar leyendo: «Está abierto el balcón del seminario, y dentro de su marco se ve un poco de llano derramado allá lejos y unas nubes delgadas que se estiran encima. Y delante, más cerca, la ciudad con sus tejados dormidos, tibia y quieta como un humo. Todas las campanas de los conventos dan vueltas lentamente en la tarde». Perdonadme.

La escritura para la salmantina siempre fue, tal y como anota en uno de sus Cuadernos de todo, concretamente, uno que abarca de 1974 a 1975, «mi historia literaria, la historia de mis aficiones». Un don o un talento múltiple e interdisciplinar. Por lo tanto leed, acercaos a vuestra librería o  biblioteca más cercana. Consultad a un amigo o amiga. Algo ha quedado iluminado, desde un cuartito, en alguna parte, cerca esta vez de la levítica Salamanca.

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