Iñaki Pardo, periodista

Las parejas a veces se rompen y a menudo no sabemos por qué. Entran en juego cuestiones como el relato de cada una de las partes y su vivencia, que puede no ser igual. Qué les voy a contar que no sepan y no hayan vivido a estas alturas. La parte complicada es cuando uno está en medio y recibe fuego de ambos lados… En la vida siempre hay que elegir aunque no nos guste.  Pero esa es otra cuestión.

Digo todo esto porque este mes de agosto descubrí, sorprendido, que lo ha dejado la primera pareja que surgió en mi promoción de la universidad. Aunque no estoy seguro del todo. Hace muchos años que no coincido con ellos. Tengo una idea vaga de cómo han ido las cosas.

Ella llegó a Barcelona con novio en el pueblo. Él era soltero y un poco mayor. No sé si fue antes o después de Navidad cuando sucedió, pero todos supimos que acabarían juntos y así fue.

En mi trabajo también existe la figura de la parejita, de hecho hay más de una; creo que están en todas partes y con el paso del tiempo y algún que otro compromiso y niños de por medio dejan de ser la parejita y se convierten en una pareja más.

Volviendo al asunto que nos ocupa… ha pasado más de una década desde que empezó la relación de la parejita de mi promoción. Hasta descubrí hace un par de años que se iban a casar. Todo ello sin hablar con ellos. Cosas del Facebook. Lo reconozco, he cotilleado.

Este verano he visto que él pasa las vacaciones en otro continente y me ha llamado la atención que ella no estuviera en la foto. Su última foto juntos es una con el anillo de compromiso en otra ciudad en la que él hincó la rodilla, justo un año antes de la fecha señalada para el enlace. Ella dijo que sí. ¿Qué podía salir mal?

No sé que ha salido mal, pero sé que medio año antes de la fecha elegida dejaron de interactuar y que unos días antes del Día D él estaba con su familia por ahí. Un día después, ella se retrataba en otra ciudad. Un iluminado le preguntaba si estaba con él, aunque se veía de forma clara que no. Una semana después ella estaba en el pueblo. Algo huele a chamusquina. La intuición y la desaparición de los momentos que compartían en la red cuando estaban juntos me hace pensar que algo salió mal. No sé qué fue y esa no es la cuestión.

Lo relevante es que pude trazar todo ese itinerario vital en apenas un minuto, como me hizo notar un compañero, sin haberlos visto. Sin haber interactuado con ellos. Sin la necesidad de hablar. Y, oigan, quizá estaban juntos en aquella ciudad romántica y sólo aparecía ella en la foto por casualidad. Quizá la luna de miel fue breve y una semana después estaba en las fiestas pueblo porque así lo habían agendado y quizá él pasó los tres días antes de la boda con su familia.

Quizá tomaron conciencia y dejaron de compartir contenido privado en las redes y me pasé cinco minutos elucubrando en la redacción, imaginando qué pudo pasar, de forma absurda. De eso estoy seguro, ha sido algo absurdo.

Pero la sospecha definitiva llegó después de que ella hubiera compartido una de esas frases motivacionales, tan profunda como vacía, sobre cambios en nuestra vida de un poeta moderno para jóvenes que difunde en Instagram sus creaciones, contenido de tazas de Mr. Wonderful. Un Rupi Kaur -reconozco que sé quién es- masculino y español.

Ahora sé que a los dos les chiflan los perros. Ambos han seguido compartiendo imágenes de animales después de la supuesta ruptura. Tengo una idea vaga sobre cómo pedirles el voto en caso de que fuera político.

No he necesitado acceder a ningún dispositivo, no ha hecho falta dedicar más de dos minutos para averiguar todo esto. Llevo más de un lustro sin tener contacto con la parejita -lo digo con cariño- y ya sé cómo han acabado las cosas -o no, siempre hay margen para el error-.

Este agosto también vi el documental sobre cómo usan nuestros datos de las redes en política The Great Hack. Hace unos meses la película Brexit: The Uncivil War, que va en la misma línea. Y tengo entre manos El enemigo conoce el sistema, de Marta Peirano. Y me da por pensar que a veces el enemigo somos nosotros mismos y nuestra falta de discernimiento a la hora de usar las redes. No hablo de 2010. Estamos en 2019.

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