Carlos Eymar, filósofo, profesor del Instituto Universitario Gutiérrez Mellado (UNED) 

Reconozco que, a veces, me siento subyugado por los programas y las revistas del corazón. Son para mí como un abismo de imágenes que me provoca una especie de vértigo, de atracción y repulsión. Veo allí la realidad de una condición humana que se muestra tal cual es, sin ningún tipo de pudor, sin ninguna limitación económica, exhibiendo su poder y sus fantasías, a veces sus desgracias, presentándose como un modelo digno de emulación. Tal pretensión llega al paroxismo cuando, a los anteriores factores, se añade la guinda de la espiritualidad.  Es lo que está sucediendo con la relación entre la princesa Marta Luisa de Noruega y el chamán Durek Verret.

La princesa Marta Luisa, de cuarenta y siete años, divorciada y madre de tres hijos, es fisioterapeuta de profesión, que, además de poseer un don en sus manos, afirma que goza de la facultad de poder comunicarse con los animales y con los ángeles. Durek Verret, por su parte, tiene cuarenta y cuatro años, es hijo de noruega india y de africano haitiano, nacido en Estados Unidos, bisexual, sanador de sexta generación, que “regresó” de la muerte tras un mes en coma. Dirige un centro en California donde realiza curas de desintoxicación alimentaria y coaching espiritual, principalmente entre algunas estrellas de cine como Gwyneth Paltrow,  Nina Dobrev o Rosario Dawson.

Marta Luisa se ha llevado al chamán a Oslo y ambos, que se declaran almas gemelas y locamente enamorados, han iniciado una gira por algunas ciudades de Noruega y Dinamarca,  para difundir su mensaje. Bajo el rótulo “La princesa y el chamán”, han montado una especie de show itinerante, en el que, al módico precio de unos cien euros la entrada,  inician a los asistentes en un “viaje a los misterios de la vida”, a base de meditación y ejercicios chamánicos. De paso, promocionan el nuevo libro de Durek: Spirit Hacking, cuya publicación es inminente. La imagen de la pareja resulta ciertamente exótica y atractiva: ella con su palidez nórdica y   la expresión arrobada, él, de color, calvo, con una sonrisa beatífica de gurú, y todo ello envuelto en gasas de color ocre o anaranjado, como para darle un toque sapiencial hindú, con sabor a reencarnación y a ying y yang.

Ante la disposición favorable de muchos a comprar esa mercancía averiada, resulta oportuno evocar la exhortación del apóstol a los colosenses: “que nadie os seduzca con argumentos capciosos, que nadie os esclavice mediante la vana falacia de una filosofía fundada en los elementos del mundo”. O, aún más, los denuestos de Jeremías, que parecían dirigidos a la revista Vanity Fair, cuando caracterizaba a los idólatras como “aquellos que yendo en pos de la Vanidad se hicieron vanos”.

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