Jaume Boix, director de El Ciervo

El próximo domingo en casa vamos a votar por muchas razones pero principalmente por una: porque están convocadas elecciones generales. Parece una obviedad, pero los que no pueden votar nunca son en el mundo la inmensa mayoría: solo el 4,5 % de la población mundial —y ahí estamos nosotros— vive en completa democracia, según los datos de 2019 del Democracy Index de la Unidad de Inteligencia de The Economist. De manera que esta es la razón principal: ejercer y no menospreciar o desaprovechar un derecho del que por fortuna y con justificado orgullo disfrutamos.

Durante esta campaña, con insistencia y por conductos de una virtualidad verdaderamente sospechosa, algunas voces invitan a abstenerse. Quizá la moda de las dietas y el auge de los dietistas les influye. Hay entre los propagandistas de esta actitud los que aseguran que una gran abstención representará una descalificación de los políticos, esos políticos tan malos, lo que antes llamaban la clase política, después la casta y mañana ya veremos. Tal vez estos promotores del abstencionismo no tengan en cuenta un par de cosas; o quizá sí las tienen en cuenta pero no lo dicen:

1) Los políticos que concurren a las elecciones lo hacen porque aspiran a representarnos y a formar el gobierno de los próximos cuatro años. Y eso sucederá: nos representarán y formarán un gobierno por más bajo que sea el índice de participación y por muchos que sean los abstencionistas. Un gobierno que va a dictar medidas que afectarán a la vida de todos, incluidas las suyas, porque el voto abstencionista no da derecho a abstenerse de cumplir la ley si no es de nuestro gusto. Una forma de tratar que la ley se acerque más a  los intereses de uno es votando a los que los defienden y dándoles la fuerza necesaria para ganar. ¿Quién representará los intereses de los abstencionistas? Bueno, ellos sabrán.

2) Los políticos, esos políticos tan malos, mediocres y mal preparados, corruptos, aprovechados, inútiles, son un reflejo de nuestra sociedad, es decir, de nosotros, de lo que somos capaces de ofrecer al servicio público. Que hemos conocido momentos mejores es evidentísimo; que hemos visto actuar en otros tiempos y no ahora a estadistas o políticos con sentido de estado también lo es; que el nivel ha bajado es un hecho, pero no solo el de los políticos sino el del gran embalse que nos sustenta y por el que asoma no ya el campanario del antiguo pueblo sino hasta los restos de la que fue calle de abajo. Basta que cada uno eche una ojeada a su entorno profesional o vecinal para constatarlo. Así que tenemos que arreglarlo nosotros, entre todos pero nosotros,  y no esperar a ese Godot que nunca llegará y mucho menos suspirar —parece que empieza a ocurrir— por el advenimiento de un salvador o un redentor, de un líder carismático, un caudillo todopoderoso, un guía, un duce, un conducator, un gran timonel (ya tuvimos por los catalanes mares uno pequeñito que emprendió el camino de Ítaca y solo zarpar se estampó contra el rompeolas y ahí dejó el país hecho un pecio). 

Es mejor, creo, que vayamos el domingo a votar. Con inteligencia e ilusión, con ganas de participar y arrimar el hombro —un voto, un hombro— para ayudar a desencallar lo que está encallado. Vamos a votar porque se puede.

2 comentarios en “Un hombro, un voto

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