Mariola Cubells, periodista

Regresaba  en el AVE de Madrid a mi casa, en Valencia, como casi todas las semanas. En esa hora y media larga suelo leer, repasar artículos, responder whasp, resolver entuertos… Estaba de verdad exhausta tras un día intenso de trabajo, en ese Madrid caótico y amable al tiempo, pero siempre agotador.

Llevaba en el bolso un libro corto, Ellas pisaron la luna se llama, de Belén Gopegui que tenía pendiente de lectura. Y el ordenador, que arrastraba conmigo para acabar una crónica sobre un escabroso asunto televisivo: la supuesta violación de una concursante de GH Revolution, en 2017.

Decidí ojear primero el libro, un opúsculo. Gopegui es una de mis narradoras favoritas, ando detrás de lo que escribe todo el tiempo, así que estaba segura de que su lectura sería balsámica.  De pronto, la solapa de la contraportada me dio un puñetazo: “Hay cientos de miles de vidas de mujeres que no solo merecen ser contadas, sino por las que hemos de luchar para que se cuenten, porque ganarle la pelea a las estructuras depende también de las historias que tengamos. A ver, no es que sería bonito o interesante que se contaran, es que las necesitamos para entender lo que nos está pasando. Sabemos bien que no todo en ellas fue perfecto. Hubo errores, muchos causados por esa vida pública que se entromete en el clima personal, y otros por la obcecada y casi infinita capacidad humana para equivocarnos. Sea como sea, queremos conocer”.

Así que seguí y seguí. Y me conmovió, me removió, me hizo llorar, me cautivó, continuó abofeteándome… Pero sobre todo me agrandó la mirada, me dio certezas, yo que cada vez tengo menos. Una de ellas: la escritura es necesaria, explicar las cosas, contar las historias y contarlas bien. Como el coraje y la cohesión entre nosotros. La bondad, la humanidad, la alegría, esos términos cada vez menos presentes en lo cotidiano, son imprescindibles para seguir, para avanzar. Y esos términos son mayoritariamente de las mujeres como colectivo, las de antes, las de la generación de nuestras madres, tan abnegadas ellas, y las de ahora, nosotras, nuestras hijas…

Todo eso destila el libro de Gopegui, cuyo apenas centenar de páginas subrayé y subrayé porque no había frase menor, ni más intrascendente que otra, porque todo lo que decía era tierno y cierto y necesario para comprendernos. Como esta frase: “Que aún cuando fueron hombres quienes pusieron los pies en la Luna, esos hombres forman parte de un tejido inextricable de seres, y sin el lenguaje que les enseñaron, y sin las personas que los alimentaron abrazaron o hicieron cálculos en una mesa, no hubieran llegado a ninguna parte”

Leed a la Gopegui. Leedla siempre porque sus líneas son especiales y preciosas. Y todo lo especial y lo precioso lo estamos pidiendo a gritos.

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