El corazón de la fiesta (Anagrama 2020) es la última novela de Gonzalo Torné, autor de otros libros como Los años felices (Anagrama, 2017), Divorcio en el aire (Literatura Random House, 2013) o Hilos de sangre (Literatura Random House, 2010). Gonzalo Torné se confiesa para El Ciervo y sus lectores y nos cuenta cómo fue el proceso de creación esta novela, que aborda cuestiones como el dinero y la corrupción, el nacionalismo y las diferencias de clase.

El corazón de la fiesta por Gonzalo Torné

La primera tarea que me impongo cuando termino una novela es olvidar el proceso. El libro lo puedo releer (vamos si puedo), pero cuanto antes se desdibuje el camino antes dejaré de escribir parodias involuntarias de lo que ya está escrito. El primer paso es destruir todos los documentos que no estén manuscritos: miles de folios de anotaciones, ideas y correcciones; el segundo: dejar que el olvido haga su trabajo. Pero todavía recuerdo algunas cosas. Recuerdo una fiesta donde me di cuenta de que no podía avanzar en Barcelona, que el ambiente estaba saturado, y el riesgo de darme la razón excesivo; y una tarde de enero en Turín, bajo una niebla siberiana, buscando una cafetería donde arrancar de nuevo. Recuerdo el día que me di cuenta de que el dinero y no el nacionalismo era el centro del libro; y que la voz y el carácter de uno de los personajes (Violeta) crecía y crecía, y que era necesario darle espacio. Recuerdo el día que el libro dejó de llamarse “El bastardo del rey”; la alegría de poder encajar a mis viejos personajes (Clara y Joan-Marc) y que seguían sonando como ellos, solo que mayores. Recuerdo la alegría con la que iban encajando ideas antiguas en el relato (frases, escenas…), las dudas con el episodio del pájaro sobrevolando el Delta, la convicción con la que Astrid aparecía en la novela para desplazar su eje, la resistencia que me dieron esta vez algunos pasajes: el de la cadena del desprecio, el cierre de la segunda parte… Recuerdo subir de dos en dos como una bestia alegre las escaleras del castillo de Ferrara pensando que ya tenía el libro agarrado por el cuello, y que si a la salida me ofreciesen dinero (dinero de verdad) por arrojarlo al foso no lo hubiese hecho; y pocas semanas antes de ir a la imprenta empecinado en terminar el largo monólogo de Violeta Mancebo, que ningún lector hubiese echado de menos, pero que me habría mortificado saber que no estaba allí. Y recuerdo el agotamiento final, las sobras de energía sin destinatario, el abismo y a bendición del tiempo libre, la convicción de que no volvía a meterme en una de estas. Y aquí lo dejo porque de otro modo seguiré inventando hasta que la imaginación tome (inadvertidamente) el relevo. Entre las muchas figuras a la que puede asociarse la escritura de novelas (medium, oficinista, artesano, águila, escarabajo pelotero) una de mis favoritas es la del mago, pero de una especie muy peculiar: obligado a olvidar su propio truco para seguir adelante.

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