Soledad Gomis, periodista

Le calificó de “matón”, de incitar al odio, explicó que su hija, de trece años, había quedado en choque, que la habían apartado de clase. Anunció que hablaría con el director del centro para que expulsara al indeseable. Y daba su propio teléfono para que otros padres se sumaran a su reclamación de que “no tocaran a sus hijos”. Hablaba con cierta calma, su indignación era contenida, era un padre de familia conmovido y eso le daba apariencia de credibilidad. En su página de Facebook, repitió su mensaje días más tarde, dando nombre y apellidos de quien había traumatizado a su hija. Pero la hija no había estado en clase y no quedó en choque. El padre controladamente indignado movilizó un asedio contra el supuesto matón. Pero el odio real y profundo era el de este hombre de 48 años que buscaba apoyo en las redes. Lo encontró en un joven de 18 años de origen checheno. Y el calificado de matón y de incitar al odio acabó decapitado al terminar el último día de clase antes de vacaciones. El odio asaltó las escuelas, traído por un padre.

Antes de dos semanas más tarde, tres personas que rezaban en una iglesia de Niza han sido asesinadas. Una mujer de 70 años, degollada. El odio ha entrado en una iglesia, un lugar de culto. ¿Habrá que hablar de cristianofobia? Porque estas personas estaban en un país laico, libre, de tradición católica. Y un creyente de otra confesión, llegado desde Túnez hace un mes, consideró que no debían vivir. El odio ya entró en una iglesia francesa cuando el sacerdote Jacques Hamel, de 85 años, fue degollado, arrodillado. Y me resulta particularmente execrable que, en nombre de un dios, se quite la vida a quien cree en otro. Que quienes deberían sentirse más próximos, como personas de fe, con sentido trascendente de la vida, priven de la existencia, por sus creencias, a otras. Cuando rezan.

Sangre en una escuela, un espacio de convivencia, y sangre en una iglesia, lugar de paz y recogimiento. La firmeza de Macron en el funeral del profesor Samuel Paty, defendiendo la libertad de expresión, provocó reacciones de gran hostilidad por varias autoridades de países musulmanes, con Erdogan, el presidente turco, a la cabeza. La injerencia de unos países en los valores de otros es inaceptable. Francia ha de estar totalmente acompañada en la defensa del laicismo, de la libertad de expresión, de los valores de la Ilustración. El poco eco que el atentado en la iglesia de Niza ha tenido en nuestros medios de comunicación – o ni aparece en portada o lo hace discretísimamente- me parecen preocupantes, muy preocupantes. Que el Covid no nos distraiga, el mundo sigue girando.

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