Josep Maria Margenat, profesor de Filosofía Social en la Universidad Loyola Andalucía

Hace unas pocas semanas, un artículo de Josep M. Lozano en La Vanguardia me hizo pensar. “¿Hablar de vocación?”. Lo titulaba entre interrogantes, pero la intención estaba clara. Lo recomiendo. ¿Oyen hablar muchos jóvenes de vocación? Lo dudo. En mis clases de Ética empresarial durante años en la universidad, cuando llegábamos al tema quinto sobre el trabajo, hablaba y proponía lecturas a los estudiantes sobre la vocación. Parecía difícil. A muchos de nosotros, los más mayores, nos suena a palabra religiosa. A los más jóvenes ni les suena la palabra. No creo que supieran responder sobre su significado, más allá de lo que alguno haya leído. Unos años más tarde, al entrar los estudiantes en la universidad se puso de moda hablarles sobre la marca. Su tarea como estudiantes era construir su “marca” (sic). La marca era la señal de identificación que en el mercado les hacía diferentes, que aportaba “valor añadido” (sic). Pensé que era un fraude recibir a chicas y chicos jóvenes con ilusión por cuidar y mejorar este mundo, enseñarles a prostituirse, elaborando su marca para “venderse” en el mercado. Fue triste. En la marca sumaban habilidades, competencias, como ahora se insiste. La marca tenía que hacer visible el valor añadido que cada uno, cada una, aportaban. Con la marca podían concurrir al mercado. No soy de ninguna manera un fundamentalista anti-mercado. Al contrario, he explicado los valores éticos del mercado ideal de competencia perfecta, los criterios políticos para regular y redistribuir beneficios y los criterios éticos para discernir en los mercados. Pero lo que no podré aceptar nunca será que sólo seamos mercancía (marca, ya sé que las etimologías no son las mismas, pero el parecido sonoro da que pensar). No somos mercancía. Expliqué durante años que los marxistas y los liberales económicos coincidían en considerar el trabajo como una mercancía que se intercambiaba en el mercado por un precio más o menos acordado. Para los personalistas, y para otros muchos, personas simplemente decentes u honestas, esto no es verdad.

El trabajo humano es una realidad fundamental para cada persona. El trabajo debe humanizarnos, debe desarrollar nuestra personalidad, debe permitir ofrecer lo mejor de nosotros mismos a la construcción de la sociedad, al servicio del bien común. Vocación, vocación, vocación. Me hubiese gustado que los estudiantes hubiesen sido recibidos en la universidad con una invitación a vivir su vida, a andar la vida como vocación, la frase es de un pedagogo, A. Aparisi, en los años 1970. Hemos de poder decirlo claro. No vienen a construir o a elaborar una marca que pueda comprarse o venderse, vienen a resolver su vocación: una vocación humana, una vocación cívica, una vocación profesional, una vocación personal, una vocación política, una vocación científica. Entiendo la vocación como respuesta a las preguntas que brotan de la energía que aspira y busca una “mayor calidad de mundo”. Quizá las lecturas esenciales de Max Weber pueden explicarlo.

Dadme una vocación y yo os devolveré una escuela, un método y una pedagogía”. Esta frase la escribió el padre Poveda y me ha acompañado durante años. Esta convicción intenté que me orientase también como docente en una Escuela de Magisterio y en una Facultad de Teología. Porque es cierto que hay algo más grande que hacer en la vida: podemos andar la vida como vocación. Enseñar metodologías nuevas, innovación, técnicas, competencias, … puede ayudar sin duda; sin duda también a cobrar a fin de mes los que las enseñan, pero para formar maestros y maestras, nos hacen falta sólo –y nada más que eso– personas con vocación. Y lo mismo ocurre con las médicas, las enfermeras, las topógrafas, las químicas o las actrices. Hacen falta personas con vocación y lo demás –escuela, método, pedagogía– lo recibirán por añadidura. Pero seguimos empeñados en fijarnos en lo secundario. Hacen falta empresarias con vocación de empresaria, con iniciativa, capacidad de riesgo, amor al trabajo, respeto a las personas y al cuidado de los recursos materiales, naturales y técnicos. Hacen falta empresarios con vocación. Todos los profesionales deben valorar o revisar de vez en cuando si están viviendo su vida como vocación. ¿Y si los educadores, y si muchos educadores, cristianos o no, socialistas o no, prescindiesen de lo secundario y se decidiesen por responder a las expectativas de sus alumnos, de los estudiantes, a acompañar sus preguntas, a ayudarles a pensar y a discernir, a cuidarles? ¿Pasaría algo? Claro que también los profesionales, los profesores, las instituciones educativas tienen que construir su marca, ser competitivos para venderse en el mercado. Ésta es la trampa que cierra el bucle. Las personas que vienen a nuestros institutos, a nuestros colegios, a nuestras universidades no buscan solo cómo ganarse la vida, sino también, como escribe Lozano, “qué hacer con su vida y hacia donde orientarla”. Si salen llenos de competencias, técnicas y habilidades, pero sin responder a la pregunta vocacional, habremos fracasado una vez más. ¿Nos lo podemos permitir?

El poema “En la plaza” de Vicente Aleixandre puede incitarnos a esa andadura, es decir, a zambullirnos en la realidad y no seguir fracasando: “Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete, con los ojos extraños y la interrogación en la boca, quisieras algo preguntar a tu imagen, no te busques en el espejo, en un extinto diálogo en que no te oyes. Baja, baja despacio y búscate entre los otros. Allí están todos, y tú entre ellos. Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete. (…) Entra en el hervor, en la plaza. Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo. ¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir para ser él también el unánime corazón que le alcanza!” Y si respondiésemos a la pregunta que tenemos aparcada de qué hacer con nuestra vida.

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