Jaume Boix, director de El Ciervo

Unidad, reencuentro y reconstrucción fueron tres ideas fuerza del discurso inaugural del presidente Biden. La reconciliación —así la llamamos aquí en momentos también de especial gravedad e incertidumbre— será el objetivo de su mandato. La nuestra funcionó y sería bueno que aquellos que hoy la ponen en duda (que no son los que la protagonizaron sino los que se beneficiaron de ella) tomen nota de adónde llevan los desgarros: al desastre y a la obligada y a menudo dolorosa necesidad de recoser.

Biden definió las características y condiciones de la reconciliación: decencia, respeto al otro y respeto a la verdad, fundamentos de una democracia fuerte. Es el programa de la buena gente y fue bonito ver y escuchar cómo la primera potencia del mundo se propone a sí misma y se dispone a convertirse, eso pide su dirigente, en el país de las buenas personas de todos los colores. Es la América que nos gusta, la que ha sido tildada, con menosprecio, de idealista, la de Jennifer López clamando en español por la libertad y la justicia, la de “una chica negra delgaducha, descendiente de esclavos y criada por una madre soltera que puede soñar convertirse en presidente o puede llegar a recitar para un presidente”, como dijo Amanda Gorman. Ojalá de la mano de este hombre tranquilo y de esa mujer empoderada, Kamala Harris  —“no digan que las cosas no pueden cambiar”, dijo Biden, aplaudiendo a la primera vicepresidenta de la historia— ojalá los Estados Unidos vuelvan a ser la tierra de esperanza a la que nos invita a viajar Bruce Springsteen en su vieja canción Land of hope and dreams con la que abrió el bello programa Celebrating América al culminar la jornada inaugural de esta nueva era.

El boss siempre acude cuando se le necesita, igual que Tom Hanks, la mejor encarnación viva de lo que entendemos por buena gente. Allí, bajo la seria estatua sedente de Lincoln, Hanks celebró el fin de cuatro años de tinieblas. Dio paso entre otros al grupo de Jon Bon Jovi invocando al sol en un nuboso  amanecer atlántico: Here’s come the sun, la canción del beatle George Harrison, ya llega el sol, las sonrisas vuelven a las caras, ha sido un largo, frío y triste invierno, ya sale el sol, amigos, y está muy bien. Claro que está bien. No hacía falta siquiera citar a Trump, esa desgracia que por fin se ha ido como la noche. Bastó la tremenda traca valenciana que acompañó a modo de catarsis la actuación final de Katy Perry para bajar el telón de una época de miseria moral, mentiras, indecencia e indignidad. Dejemos de hurgar en la herida, pide Biden. Es la hora del reencuentro y la reconstrucción.

Al día siguiente, firmados ya los primeros decretos que devuelven la presencia internacional de Estados Unidos, a la OMS y a la lucha contra el clima, la portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, en su primera intervención declaró su profundo respeto a una prensa libre e independiente. “A veces, dijo a los periodistas, estaremos en desacuerdo en las ruedas de prensa, pero tenemos un objetivo común: compartir información precisa con los ciudadanos”. Y este es el encargo, dijo, que le ha hecho el presidente: “traer a este atril la transparencia y la verdad”. Este compromiso con la verdad merece un aplauso. Y el escrutinio de los periodistas, que deben estar atentos y cumplir sin trabas ni condiciones su papel.

Son motivos para la alegría, la esperanza y los sueños. Que no se tuerzan. Hagamos votos —es decir, votemos— para que den paso a una nueva realidad.

Un comentario en “Tierra de esperanza

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