Carles Padró, periodista

La semana pasada el Tribunal Administrativo de París condenó al Estado francés por incumplir sus promesas en materia de lucha contra el cambio climático, imponiéndole el pago de un euro a cada una de las cuatro oenegés demandantes. Simbolismos aparte, el Tribunal se da un plazo de dos meses para estudiar de qué forma fuerza al Gobierno a tomar las medidas oportunas para reaccionar y cumplir con sus compromisos previos. Dos son las posibilidades que baraja: sanciones económicas o una lista de objetivos que obligará a satisfacer en plazos prefijados, opción preferida por unos demandantes respaldados por 2,3 millones de firmas.

Una noticia como esta debería alertar a cualquier político, especialmente si se encuentra en plena campaña electoral. Entregados a la causa de arañar votos como sea, los candidatos lanzan propuestas y promesas que, a menudo, saben de antemano que no van a poder cumplir en caso de resultar vencedores. Cierto es que se trata de un juego de seducción cuyas normas no escritas parecen aceptar tanto políticos como votantes, pero quizá debería ir siendo hora de tomarse el asunto con más seriedad. Por parte de todos. Porque detrás de cada promesa incumplida anida la desafección del electorado hacía los políticos y, lo que es peor, hacía la política como sistema de gestión y de organización de las sociedades humanas. Ya está bien de convertir esperanzas en frustraciones al comprobar que “de aquello”, nada de nada. Que de frustraciones en la vida andamos más que sobrados. Y encima nos cuesta horrores gestionarlas adecuadamente.

Los votantes deberíamos pensar dos veces si seguimos amparando tan perversa dinámica. Somos mitad cómplices, mitad inocentes. Cómplices porque la mayoría somos militantes de unas ideas determinadas y, antes de traicionarlas, preferimos mirar hacia otro lado cuando los nuestros nos decepcionan o, directamente, nos engañan. Inocentes porque cedemos con demasiada facilidad ante el simplismo de eslóganes prefabricados y el griterío de unas redes sociales hiperventiladas. Todo porque necesitamos creer. Más pensamiento crítico, pues, y más control sobre las promesas de los políticos. Si cumplen, bien. Si no, que den explicaciones y rindan cuentas ante un tribunal si es necesario. En París y en cualquier otro lado.

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