Ya está aquí el último número de El Ciervo. Número 780

Ya está aquí el último número de El Ciervo. Número 780

El lenguaje tiene poder no solo porque sirve para comunicarnos sino porque, si es que lo hacemos, con él pensamos. Las palabras son unidades básicas del lenguaje, ladrillos con que levantamos las ideas que rigen nuestra forma de obrar, incluso de ser, y nos permiten relacionarnos, comunicarlas. Cierto es que a menudo decimos antes de pensar, y no pocas veces lo lamentamos, cosa que demuestra la importancia de medir las palabras, de conocer su valor y su peso, su significado, porque hablando se entiende la gente o no se entiende. Las palabras no solo tienen poder sino que lo dan: con palabras pedimos, amamos, sentimos, soñamos, herimos, sanamos, aprendemos, engañamos, mentimos. Quien domina el lenguaje domina el poder y de ahí esa pelea y el afán muchas veces ridículo pero siempre eficaz por controlar lo que llaman relato o discurso aun a costa de manipularlo sin remilgos. Así se desfiguran, se embadurnan y disfrazan las palabras a fin de que no sirvan para entendernos sino para enredarnos. Nos quitan, nos hurtan la palabra y su sentido, y uno, hecho un lío, no sabe ya cómo pensar.

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